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China ensaya la guerra del clima: la meteorología entra en el arsenal del futuro

6 septiembre, 2026
China ensaya la guerra del clima: la meteorología entra en el arsenal del futuro
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China administra el programa de modificación meteorológica más grande del mundo y documentos, normas e investigaciones vinculadas con instituciones militares muestran que Pekín estudia el valor estratégico de esos recursos en escenarios de conflicto. Por el momento, el objetivo no sería “controlar el clima” a voluntad, algo que la ciencia actual no permite, sino explotar condiciones atmosféricas favorables para generar o intensificar lluvia, dispersar niebla, modificar visibilidad o alterar parcialmente el terreno y las operaciones aéreas. El desarrollo adquiere relevancia mientras crece la cooperación militar entre China y Rusia y la guerra moderna incorpora drones, guerra electrónica, inteligencia satelital y nuevas formas de enfrentamiento por debajo del umbral convencional.

Pekín – 6 de septiembre de 2026 – Total News Agency – TNA – La próxima gran carrera militar entre potencias podría desarrollarse también sobre un escenario que hasta hace pocos años pertenecía principalmente a la agricultura, la prevención de sequías y la protección frente al granizo: la modificación artificial del tiempo atmosférico. China posee una infraestructura gigantesca dedicada a estas tecnologías y existen indicios documentales de que sectores vinculados con el Ejército Popular de Liberación – EPL estudian su aprovechamiento militar.

El dato central requiere una precisión. China no dispone de una tecnología capaz de fabricar tormentas, crear sequías a voluntad o manipular sistemas meteorológicos completos sobre grandes territorios. La propia Organización Meteorológica Mundial – OMM advierte que la energía contenida en los sistemas atmosféricos es demasiado grande para crear nubes lluviosas desde cero, modificar patrones de viento o eliminar fenómenos severos mediante las tecnologías actualmente existentes. La siembra de nubes sólo puede actuar cuando previamente existen condiciones meteorológicas adecuadas.

Lo que Pekín sí posee es una capacidad operativa excepcional para intervenir sobre fenómenos locales o regionales preexistentes. En diciembre de 2020, el Consejo de Estado chino fijó como objetivo desarrollar para 2025 un sistema avanzado de modificación meteorológica con operaciones de aumento artificial de lluvia o nieve sobre más de 5,5 millones de kilómetros cuadrados y supresión de granizo sobre otros 580.000 kilómetros cuadrados. La escala equivale a más de la mitad del territorio chino y convierte al programa en el mayor de su tipo conocido públicamente.

La infraestructura combina aviones, cohetes, artillería y generadores terrestres que introducen sustancias como yoduro de plata dentro de determinadas formaciones nubosas para favorecer procesos de condensación o congelamiento. La Administración Meteorológica de China informó ya hace más de una década que miles de operadores trabajaban en estas tareas y que existían miles de lanzadores y piezas de artillería distribuidos por el país.

La novedad estratégica aparece cuando esa enorme capacidad civil comienza a observarse desde una perspectiva de doble uso.

Normas oficiales chinas muestran una relación institucional entre la meteorología civil y las estructuras militares. La legislación meteorológica de la República Popular establece expresamente la cooperación con los servicios meteorológicos militares para atender las necesidades de la defensa nacional, mientras que la normativa sobre modificación artificial del tiempo reserva al Comité Militar Central la reglamentación específica de las actividades realizadas con propósitos militares.

Ese punto es particularmente significativo porque demuestra que el eventual empleo militar no pertenece únicamente al terreno de las especulaciones occidentales. El propio marco jurídico chino contempla de manera separada la modificación meteorológica destinada a fines militares.

También existen vínculos institucionales concretos. Normas nacionales recientes sobre operaciones meteorológicas fueron desarrolladas con participación de la Universidad Nacional de Tecnología de Defensa y unidades del Ejército Popular de Liberación. Entre ellas aparece una guía para servicios meteorológicos durante grandes acontecimientos y otra regulación para el uso de espacio aéreo durante operaciones terrestres de modificación meteorológica, elaboradas junto con unidades militares y organismos civiles.

La distinción es importante: esa participación no demuestra que China haya desplegado ya un “arma climática” operacional, pero sí revela que la meteorología, la modificación artificial del tiempo y las necesidades militares comparten investigación, infraestructura y regulación.

Desde una perspectiva bélica, el atractivo resulta evidente. La guerra moderna depende cada vez más de sensores, drones, satélites, aviación, municiones de precisión y sistemas electroópticos. Una modificación relativamente limitada de la visibilidad, las precipitaciones o el estado del terreno podría complicar temporalmente algunas de esas capacidades.

Una niebla suficientemente densa puede reducir el rendimiento de sensores ópticos y operaciones aéreas; precipitaciones intensas pueden modificar la movilidad sobre determinados terrenos; cambios en la nubosidad pueden afectar observación, reconocimiento y adquisición de blancos. En una guerra donde la diferencia entre detectar un objetivo y perderlo durante algunos minutos puede resultar decisiva, la meteorología puede transformarse en multiplicador de operaciones aun sin convertirse en un arma destructiva independiente.

China dispone además de experiencia operativa real a gran escala.

Durante los Juegos Olímpicos de Pekín de 2008, las autoridades utilizaron masivamente técnicas de modificación meteorológica para intentar impedir que las precipitaciones afectaran las ceremonias. En la apertura se dispararon más de 1.100 cohetes desde 21 emplazamientos, mientras que durante la ceremonia de clausura se emplearon ocho vuelos y se lanzaron otros 241 cohetes para intervenir sobre sistemas nubosos que se aproximaban a Pekín.

Aquella operación tuvo un objetivo civil y ceremonial, pero mostró algo que resulta directamente transferible al ámbito militar: la capacidad de coordinar en tiempo real radares, meteorólogos, aeronaves, instalaciones terrestres, municiones especializadas, control del espacio aéreo y grandes cantidades de material de siembra.

La tecnología, sin embargo, tiene limitaciones importantes que impiden presentar seriamente el escenario como una capacidad china para provocar sequías o inundaciones donde desee.

La OMM sostiene que existen evidencias de que determinadas técnicas de siembra pueden aumentar precipitaciones en nubes específicas, particularmente en sistemas orográficos de agua superenfriada, pero advierte que los resultados dependen enormemente de las condiciones naturales. En evaluaciones revisadas por la oficina de auditoría del Congreso estadounidense, los aumentos estimados de precipitación asociados con siembra de nubes oscilaron entre 0% y 20%, con grandes dificultades para medir exactamente cuánto corresponde a la intervención humana y cuánto habría ocurrido naturalmente.

Por eso, hablar de que China podría simplemente “provocar una sequía” sobre un país enemigo excede ampliamente la evidencia disponible. Una aplicación militar plausible sería mucho más limitada y oportunista: identificar un sistema meteorológico favorable y tratar de explotarlo para obtener una ventaja operacional temporal.

Ese concepto encaja además con la evolución de la denominada guerra híbrida. Los conflictos contemporáneos ya no están restringidos a tanques, barcos y aviones. Incluyen sabotaje, operaciones cibernéticas, guerra electrónica, desinformación, interferencia satelital, presión económica y operaciones encubiertas. La manipulación meteorológica localizada podría sumarse a ese catálogo precisamente porque permitiría actuar de manera difícil de atribuir y potencialmente sin cruzar inmediatamente el umbral de una acción militar convencional.

La creciente relación entre China y Rusia añade otro elemento de interés.

Reuters reveló en mayo que aproximadamente 200 militares rusos fueron entrenados secretamente por las Fuerzas Armadas chinas a fines de 2025 en instalaciones de China. Los cursos incluyeron guerra de drones, guerra electrónica, contramedidas contra vehículos aéreos no tripulados, explosivos y otras técnicas directamente relacionadas con el frente ucraniano. Parte de esos militares regresó posteriormente a combatir en Ucrania, según fuentes de inteligencia europeas y documentos examinados por la agencia.

Ese programa no estuvo relacionado públicamente con modificación meteorológica, por lo que no existe fundamento para afirmar que Moscú haya recibido de China tecnología destinada a manipular el tiempo atmosférico en Ucrania. Pero confirma una profundización sustancial de la cooperación militar bilateral en ámbitos tecnológicos que hasta hace poco Pekín procuraba mantener más alejados de su participación directa en la guerra.

En un escenario futuro, una doctrina de utilización militar del clima podría tener aplicaciones particularmente interesantes para Rusia. Las operaciones en Ucrania demostraron hasta qué punto barro, nieve, niebla, viento y precipitaciones afectan la movilidad terrestre y el rendimiento de drones. Una fuerza capaz de aprovechar deliberadamente determinadas condiciones meteorológicas obtendría potencialmente una ventaja táctica, aunque muy distante de la imagen de una potencia capaz de “ordenar” una tormenta.

La misma lógica podría trasladarse a una eventual confrontación en el Indo-Pacífico. Las operaciones alrededor de Taiwán dependerían masivamente de reconocimiento aéreo, drones, sistemas electroópticos, radares, aviación embarcada y operaciones anfibias, todos ellos extremadamente sensibles a la meteorología. Para el EPL, disponer de herramientas que permitan siquiera modificar marginalmente una ventana meteorológica podría tener utilidad en momentos cuidadosamente seleccionados.

Existe, además, una barrera jurídica internacional.

La Convención sobre la Prohibición de Utilizar Técnicas de Modificación Ambiental con Fines Militares u Otros Fines Hostiles – ENMOD, aprobada en 1976 y vigente desde 1978, prohíbe utilizar deliberadamente modificaciones ambientales capaces de producir efectos extensos, duraderos o graves como medio de destrucción o daño contra otro Estado parte. China se adhirió formalmente al tratado en 2005.

Los entendimientos asociados a ENMOD incluyen expresamente entre los fenómenos contemplados modificaciones de nubes, precipitaciones, ciclones, patrones climáticos, corrientes oceánicas e incluso la ionosfera, siempre que sean utilizados con finalidad hostil y alcancen el umbral establecido por la Convención.

Ese marco legal crea una zona particularmente delicada. Una operación destinada deliberadamente a producir inundaciones, sequías extensas o fenómenos destructivos contra otro país entraría claramente en el terreno que ENMOD procura impedir. En cambio, intervenciones atmosféricas locales de alcance reducido podrían generar nuevas discusiones acerca de dónde termina una herramienta de apoyo operacional y comienza una técnica prohibida de modificación ambiental hostil.

El verdadero salto estratégico chino no consiste, por lo tanto, en haber adquirido una fantasiosa capacidad para gobernar el clima, sino en haber construido una infraestructura de modificación meteorológica de escala continental, mantener vínculos entre esa infraestructura y organismos militares y desarrollar simultáneamente una doctrina tecnológica basada en integrar capacidades civiles y militares.

Para Estados Unidos y sus aliados, esa combinación merece atención precisamente porque China no necesita producir una tormenta imposible para obtener utilidad militar. En las guerras de alta tecnología del futuro, lograr unas horas adicionales de niebla, modificar parcialmente una precipitación existente, alterar condiciones de visibilidad o dificultar determinados sensores durante una operación crítica podría tener un valor desproporcionado respecto del esfuerzo utilizado.

La meteorología difícilmente reemplace a misiles, aviones o drones. Pero la experiencia acumulada por Pekín demuestra que el tiempo atmosférico ya no es observado únicamente como una condición que los ejércitos deben soportar. China está construyendo herramientas para intervenir sobre él cuando las condiciones naturales lo permiten, y el hecho de que su legislación reserve expresamente un régimen para usos militares convierte esa capacidad civil gigantesca en un recurso de doble uso que las futuras doctrinas de guerra no podrán ignorar.

Fuentes consultadas: Consejo de Estado de la República Popular China; Administración Meteorológica de China; legislación y normas nacionales chinas sobre modificación meteorológica; Universidad Nacional de Tecnología de Defensa; Organización Meteorológica Mundial; Naciones Unidas, Convención ENMOD; Reuters; Government Accountability Office de Estados Unidos; Xinhua; China Daily; documentación oficial sobre los Juegos Olímpicos de Pekín 2008.

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