Por Sandra Mossayebeh
El balotaje brasileño del 25 de octubre no decidirá solamente quién gobernará la principal economía de América Latina. También puede redefinir el lugar que Brasil ocupará en la competencia estratégica entre Estados Unidos y China y, con ello, modificar el equilibrio político de buena parte de Sudamérica. La primera vuelta dejó a Flávio Bolsonaro con alrededor del 47 por ciento de los votos y a Luiz Inácio Lula da Silva cerca del 45, en una elección profundamente polarizada cuyo alcance excede la política doméstica. Brasil combina escala territorial, población, recursos naturales, capacidad industrial, proyección diplomática e influencia regional en una proporción que ningún otro país sudamericano puede reproducir. Por eso, un cambio en su orientación exterior tendría consecuencias que difícilmente quedarían contenidas dentro de sus fronteras.
La diferencia entre Lula y Flávio Bolsonaro se concentra en la orientación de la política exterior. Lula ha preservado la tradición brasileña de autonomía estratégica, apoyándose en una red diversificada de vínculos con Estados Unidos, China, Europa, los BRICS y el Sur Global. Esa lógica también marcó la presidencia brasileña de los BRICS en 2025, cuando Brasil impulsó la cooperación Sur-Sur, la reforma de la gobernanza internacional y una mayor participación de las economías emergentes.
Bolsonaro propone un giro más próximo a Washington. Ha cuestionado el papel de los BRICS, criticado las iniciativas destinadas a reducir el uso internacional del dólar y planteado una revisión de la permanencia brasileña en el bloque. También defendió una flexibilización del Mercosur que permita acuerdos bilaterales con Estados Unidos.
El cambio no implicaría necesariamente una ruptura con China. La relación comercial entre ambos países tiene una escala que limita cualquier desacople abrupto. La modificación sería principalmente política y estratégica: Brasil podría mantener a China como socio económico central y, al mismo tiempo, reducir su respaldo a iniciativas que fortalezcan la proyección internacional de Beijing o que sitúen a los BRICS en una posición más confrontativa frente a Washington.
Ese desplazamiento tendría efectos directos sobre el bloque. Brasil fue miembro fundador y continúa siendo su principal referencia latinoamericana. Su importancia no reside sólo en el tamaño de su economía, sino en la capacidad de otorgar a los BRICS presencia política dentro de Sudamérica. Por eso, una menor implicación brasileña alteraría el equilibrio interno del agrupamiento aun sin una salida formal.
El punto central no es, entonces, si Brasil permanecerá o no en los BRICS, sino qué papel estará dispuesto a desempeñar dentro de ellos. Un gobierno menos comprometido con mecanismos financieros alternativos, con el uso de monedas locales o con una agenda de autonomía respecto de Estados Unidos reduciría la proyección latinoamericana del bloque y, al mismo tiempo, ampliaría el margen de influencia de Washington en la región.
La estructura comercial brasileña impone, sin embargo, límites concretos a cualquier realineamiento. En agosto de 2026, el mercado chino concentró aproximadamente una cuarta parte de las exportaciones de Brasil y más del 25 por ciento de sus importaciones, una magnitud que vuelve poco realista cualquier ruptura económica abrupta. Estados Unidos conserva un peso estratégico decisivo, aunque su participación en el intercambio comercial es sensiblemente menor.
La eventual reorientación de Brasil, por tanto, no pasaría por desmontar su vínculo con Beijing, sino por redefinir hasta dónde esa relación económica puede proyectarse sobre sectores estratégicos. Infraestructura, tecnología, energía y minerales críticos aparecen como los ámbitos donde Washington y Beijing pueden disputar mayor influencia, mientras Brasil busca preservar capacidad de decisión sobre activos esenciales para su desarrollo.
En este marco, los minerales críticos adquieren una importancia particular. En septiembre, el Gobierno de Lula sancionó una política nacional orientada a fortalecer su producción, procesamiento e industrialización dentro del país, vinculándolos con soberanía, innovación, seguridad energética y desarrollo tecnológico. Un cambio de gobierno podría modificar prioridades, socios y condiciones de acceso, pero no alteraría un dato central: su valor estratégico crecerá a medida que se intensifique la competencia tecnológica entre las grandes potencias. La discusión ya no se limita a quién compra esos recursos, sino a quién participa en su extracción, procesamiento, financiamiento e incorporación a las cadenas globales.
Ese eventual cambio de orientación también tendría consecuencias dentro de los BRICS, aunque no serían iguales para todos sus miembros. Rusia mantiene con Brasil una relación económica considerablemente menor que China, pero encuentra en el bloque una plataforma diplomática relevante dentro del Sur Global. Una menor implicación brasileña reduciría esa proyección y debilitaría uno de los espacios que Moscú utiliza para sostener presencia e influencia fuera de Occidente.
India ocupa una posición diferente. Nueva Delhi combina su pertenencia a los BRICS con vínculos estrechos con Estados Unidos y otras potencias occidentales, lo que confirma que el bloque nunca constituyó una alianza homogénea contra Occidente. Un Brasil más próximo a Washington podría reforzar esa línea y favorecer unos BRICS menos orientados a la confrontación geopolítica y más concentrados en la cooperación económica, financiera y política.
En consecuencia, una modificación de la política exterior brasileña tendría efectos directos sobre su entorno regional. El Mercosur sería el primer espacio donde ese cambio podría hacerse visible. Una mayor flexibilización que permitiera a Brasil negociar acuerdos bilaterales con Estados Unidos podría acercarlo a Argentina, pero también reducir la capacidad sudamericana de actuar de manera coordinada frente a Washington, Beijing o la Unión Europea.
La dimensión hemisférica de ese cambio deriva del peso específico de Brasil. Ningún otro país sudamericano reúne en la misma escala territorio, población, recursos estratégicos, Amazonia, industria de defensa y capacidad diplomática. Por eso, una reorientación sostenida hacia Washington tendría efectos regionales que excederían ampliamente la política exterior brasileña.
También alteraría la proyección latinoamericana de los BRICS. Brasil no aporta al bloque únicamente tamaño económico, sino legitimidad política y capacidad de articulación regional. Una menor implicación reduciría parte de ese alcance sin necesidad de una ruptura formal.
Con todo, el resultado del 25 de octubre no produciría un cambio inmediato. La política exterior brasileña está condicionada por intereses económicos, vínculos comerciales e inercias institucionales que limitan los movimientos abruptos. La diferencia estaría en la dirección estratégica: Lula busca preservar margen de maniobra entre las principales potencias, mientras Bolsonaro propone una relación más estrecha con Estados Unidos y una revisión del papel de Brasil dentro de los BRICS.
Desde esta perspectiva, el balotaje excede la disputa doméstica. También definirá qué lugar pretende ocupar Brasil en la competencia estratégica que atraviesa al hemisferio.
Si reduce su compromiso con los BRICS y deja de actuar como su principal articulador latinoamericano, el 25 de octubre podría convertirse en un punto de inflexión para la geopolítica sudamericana.
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