Buenos Aires, 14 de abril de 2026-Total News Agency-TNA- En el séptimo día de la frágil tregua que frenó la guerra abierta entre Estados Unidos, Israel e Irán, el foco internacional volvió a dividirse entre dos planos que corren en paralelo: por un lado, la crisis en torno del estrecho de Ormuz, todavía bajo fuerte tensión por el bloqueo naval ordenado por Donald Trump sobre los puertos iraníes; por el otro, la apertura de canales diplomáticos que, aun con enorme desconfianza, empiezan a ofrecer una salida política para una región que estuvo al borde de una desestabilización mucho mayor. La novedad más importante de este martes es que esa salida ya no se discute sólo en discursos, sino en mesas concretas de negociación en Washington y, posiblemente, otra vez en Islamabad.
El dato más alentador del día llegó desde la capital estadounidense. Allí se celebran las primeras conversaciones diplomáticas directas en décadas entre Israel y Líbano, con participación del secretario de Estado Marco Rubio, del embajador israelí Yechiel Leiter y de la embajadora libanesa Nada Hamadeh Moawad. No se trata de una reunión menor: el hecho de que ambos países se sienten cara a cara después de más de un mes de guerra entre Israel y Hezbollah ya representa, por sí mismo, una señal positiva en una región donde muchas veces ni siquiera existe interlocución formal. El gobierno libanés llega con la expectativa de abrir un camino hacia el cese de hostilidades, mientras Israel insiste en que cualquier desescalada debe incluir el desarme de Hezbollah y la desmilitarización del sur libanés. La distancia entre las posiciones sigue siendo grande, pero el valor político del encuentro es evidente: la diplomacia volvió a entrar en escena.
En paralelo, según Reuters, Pakistán redobló sus gestiones para reactivar el diálogo entre Washington y Teherán luego de la maratónica ronda celebrada el fin de semana en Islamabad, que terminó sin acuerdo pero dejó una puerta entreabierta. Fuentes iraníes y paquistaníes dijeron a Reuters que ya fue presentada una propuesta para una segunda ronda de conversaciones, posiblemente hacia el próximo fin de semana, otra vez en la capital paquistaní. Sería un paso relevante, porque esas reuniones constituyeron el contacto directo de más alto nivel entre ambos países desde la revolución iraní de 1979. No hubo avance definitivo, pero sí quedó claro que ninguna de las partes quiere dinamitar del todo la vía negociadora, incluso con diferencias profundas sobre el programa nuclear iraní, las sanciones y el futuro de Ormuz. Para una región exhausta por semanas de guerra, ese dato también es positivo: la negociación no murió.
Donde la situación sigue siendo delicada es en el frente marítimo. Estados Unidos comenzó el lunes a aplicar un bloqueo sobre el tráfico que entra o sale de puertos iraníes, una medida que alteró de inmediato la dinámica del Golfo y volvió todavía más sensible el paso por Ormuz, aunque Washington aclaró que no impediría la navegación hacia puertos no iraníes. Ese matiz es clave: no hay una clausura absoluta del estrecho para todo el comercio mundial, pero sí un endurecimiento militar que complica el tránsito, enfría los movimientos de petroleros y mantiene al mercado energético bajo presión. En ese contexto, la continuidad de canales diplomáticos evita, al menos por ahora, que el escenario derive en una guerra total por el control de la navegación.
La otra señal positiva es que Europa decidió moverse. El Palacio del Elíseo confirmó que el presidente Emmanuel Macron y el primer ministro británico Keir Starmer copresidirán este viernes una conferencia con países “no beligerantes” para preparar una misión multilateral, puramente defensiva, destinada a restablecer la libertad de navegación en Ormuz cuando las condiciones de seguridad lo permitan, informó Associated Press. Esa iniciativa revela que, aun cuando varias potencias europeas rechazan sumarse al bloqueo impulsado por Trump, tampoco están dispuestas a resignarse a que el principal cuello de botella energético del mundo quede librado al caos. La aparición de una eventual misión defensiva internacional aporta un dato constructivo: el problema ya no se mira sólo desde la lógica militar de presión, sino también desde una arquitectura de seguridad futura para evitar una parálisis prolongada del comercio global.
En ese marco, también empieza a verse un esfuerzo regional por amortiguar daños. Irak, uno de los países más expuestos a cualquier interrupción prolongada en Ormuz, venía trabajando desde marzo para asegurar el paso de sus exportaciones y acelerar rutas alternativas, en especial mediante el oleoducto hacia Ceyhan, en Turquía. Además, Irán ya había señalado días atrás que excluiría a Irak de ciertas restricciones en el estrecho, una decisión que apuntó a evitar un colapso aún mayor en el flujo energético regional. Esa búsqueda de salidas paralelas confirma que, incluso en medio del pulso geopolítico, varios actores intentan contener el daño económico y mantener abierta una mínima normalidad comercial.
Por eso, más allá de que la crisis está lejos de resolverse y de que China ya calificó el bloqueo estadounidense como una conducta “peligrosa e irresponsable”, la foto de este martes ofrece una novedad relevante y relativamente positiva: mientras Ormuz sigue bajo tensión, la región dejó de moverse únicamente al ritmo de los bombardeos y volvió a abrir instancias concretas de negociación. Las conversaciones entre Israel y Líbano en Washington, el intento de Pakistán por rearmar la mesa entre Estados Unidos e Irán y la iniciativa europea para garantizar navegación futura muestran que todavía hay actores dispuestos a evitar que la crisis derive en un incendio regional sin retorno. En un tablero tan volátil, no es poco.





