Beirut-05 junio 2026-Total News Agency-TNA– Israel lanzó este viernes nuevos ataques contra posiciones en el sur de Líbano, luego de que el grupo terrorista Hezbolá rechazara el acuerdo de alto el fuego negociado entre Israel, el Gobierno libanés y Estados Unidos, y exigiera la retirada total israelí del territorio libanés como condición previa para cualquier desescalada.
La ofensiva aérea se concentró en distintas zonas del sur libanés, después de que el Ejército israelí emitiera órdenes de evacuación para varias localidades. Entre las áreas afectadas figuran Anqoun y la zona de Aarnaya, en las afueras de Maghdoucheh, una localidad predominantemente cristiana cercana a la ciudad portuaria de Sidón. Las advertencias obligaron a cientos de familias a abandonar sus casas en medio de una nueva escalada militar.
Según la agencia estatal libanesa, los bombardeos dejaron al menos seis muertos. Las fuerzas israelíes sostuvieron que los ataques apuntaron contra infraestructura militar, posiciones operativas y objetivos vinculados a Hezbolá, que en los últimos días mantuvo acciones ofensivas contra territorio israelí y rechazó plegarse al esquema de cese del fuego propuesto por Washington.
El acuerdo buscaba frenar la guerra en el frente libanés y separar ese conflicto de la negociación más amplia entre Estados Unidos e Irán. El texto exigía que Hezbolá detuviera sus ataques contra Israel y se replegara de zonas sensibles del sur de Líbano, en especial del área al sur del río Litani, donde la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas prohíbe la presencia de fuerzas armadas no estatales.
La negativa de Hezbolá volvió a exponer el problema central del Líbano: un Estado formalmente soberano que no controla plenamente las decisiones de guerra y paz dentro de su propio territorio. El Gobierno libanés puede negociar, el presidente Joseph Aoun puede respaldar un entendimiento y el Ejército libanés puede ser presentado como garante de seguridad, pero la última palabra sigue en manos de una organización armada, financiada y entrenada por Irán.
El jefe de Hezbolá, Naim Qassem, rechazó las condiciones del acuerdo y sostuvo que las localidades israelíes del norte no estarán seguras mientras continúen los ataques contra aldeas libanesas. La organización también exigió una retirada total de Israel antes de aceptar cualquier fórmula de estabilización. En los hechos, el grupo terrorista se negó a desarmarse, a replegarse de la frontera y a permitir que el Ejército libanés recupere el monopolio real de la fuerza en el sur.
Hezbolá intenta presentar su rechazo como una defensa de la soberanía libanesa, pero la realidad es más cruda: desde hace décadas actúa como un poder paralelo, con agenda propia, arsenales propios y obediencia estratégica a Teherán. Su estructura militar condiciona al Gobierno de Beirut, arrastra al país a guerras que no decide el Estado y mantiene como rehén a una población civil golpeada por crisis económica, destrucción territorial y desplazamientos masivos.
Estados Unidos designa a Hezbolá como organización terrorista extranjera desde 1995. El Centro Nacional de Contraterrorismo estadounidense sostiene que el grupo tiene capacidad para atacar intereses israelíes y estadounidenses en todo el mundo y que su unidad externa, conocida como Organización de la Yihad Islámica o Unidad 910, está vinculada a operaciones terroristas fuera de Líbano.
El historial del grupo explica por qué Israel rechaza cualquier alto el fuego sin garantías verificables. Hezbolá fue señalado por Estados Unidos por ataques contra ciudadanos estadounidenses en Líbano durante los años ochenta, incluidos el atentado contra la Embajada estadounidense en Beirut en abril de 1983 y el ataque contra los cuarteles de marines en octubre de ese año. También fue vinculado históricamente a operaciones contra objetivos israelíes y judíos fuera de Medio Oriente.
Para Israel, aceptar una tregua sin retiro efectivo de Hezbolá al norte del Litani equivaldría a permitir que la organización use el cese del fuego para reorganizarse, rearmarse y preparar nuevos ataques. Esa fue una de las lecciones que dejó la experiencia posterior a la guerra de 2006: la resolución internacional estableció una zona libre de milicias, pero el grupo terrorista reconstruyó su capacidad militar bajo la mirada impotente del Estado libanés y de una comunidad internacional más proclive a redactar comunicados que a hacer cumplir sus propias decisiones.
La posición de Nabih Berri, presidente del Parlamento libanés y aliado histórico de Hezbolá, también refleja la debilidad institucional de Beirut. Aunque manifestó disposición a que la organización se retire de zonas al sur del Litani, lo condicionó a una retirada israelí simultánea. En la práctica, esa fórmula mantiene a Hezbolá como actor legitimado en la negociación, cuando el punto de fondo debería ser la recuperación de la soberanía por parte del Estado libanés.
El trasfondo regional agrava el cuadro. Irán reafirmó su apoyo a Hezbolá y vinculó la desescalada en Líbano con las conversaciones indirectas que mantiene con Estados Unidos. Teherán utiliza al grupo como carta de presión frente a Washington e Israel, mientras busca alivio de sanciones, garantías sobre sus exportaciones petroleras y margen para conservar influencia sobre el Líbano, Siria, Irak y Yemen.
Esa es la clave estratégica del conflicto. Hezbolá no opera sólo como una milicia local. Es el brazo armado más sofisticado del eje iraní en el Mediterráneo oriental. Su existencia permite a Irán amenazar a Israel desde el norte, condicionar al Gobierno libanés, presionar a Estados Unidos y convertir cualquier negociación regional en un tablero de múltiples frentes.
La nueva ola de ataques israelíes dejó además en evidencia el costo civil de esa estrategia. Cada vez que Hezbolá rechaza una tregua, dispara contra Israel o mantiene posiciones militares cerca de zonas pobladas, los habitantes del sur libanés vuelven a quedar atrapados entre la respuesta militar israelí y la decisión de una organización que no rinde cuentas ante el Estado. El grupo dice defender al Líbano, pero sus decisiones prolongan la destrucción del país.
El acuerdo impulsado por Washington pretendía abrir una salida. Estados Unidos buscaba que el Ejército libanés asumiera el control de las zonas fronterizas, que las milicias no estatales se retiraran y que Israel redujera operaciones a cambio de garantías reales de seguridad. El rechazo de Hezbolá bloqueó ese camino y devolvió el conflicto al lenguaje de los misiles, los drones y los bombardeos.
La administración de Donald Trump intenta evitar que el frente libanés dinamite las negociaciones con Irán. Pero la negativa de Hezbolá demuestra que cualquier acuerdo regional será frágil mientras Teherán conserve la capacidad de activar a sus proxies para sabotear una tregua cuando convenga a sus intereses. En este punto, Líbano vuelve a ser una ficha, no un actor plenamente soberano.
La ofensiva israelí de este viernes no puede leerse aislada. Llega después de un rechazo explícito de Hezbolá a una tregua que buscaba ordenar el sur libanés bajo control estatal y frenar los ataques contra Israel. En otras palabras: el grupo terrorista tuvo una puerta de salida diplomática, pero eligió preservar su poder armado.
Para Israel, la guerra en el norte no terminará mientras Hezbolá conserve capacidad de fuego cerca de su frontera. Para Líbano, la paz seguirá siendo imposible mientras una organización armada decida por encima de sus instituciones. Para Estados Unidos, el desafío será impedir que la negociación con Irán se convierta en una legitimación indirecta del aparato terrorista que Teherán financia y utiliza.
La nueva escalada confirma una realidad incómoda: no habrá estabilidad duradera en la frontera norte israelí ni reconstrucción seria del sur libanés mientras Hezbolá siga siendo un ejército dentro del Estado. El grupo terrorista rechazó la tregua, obligó a miles de civiles a volver a huir y ofreció a Israel el argumento militar que necesitaba para seguir golpeando sus posiciones.





