Buenos Aires, 12 de mayo de 2026-Total News Agency-TNA- Un artículo publicado por The Washington Post encendió nuevas alarmas en Washington sobre el avance militar de China y el riesgo de una crisis en el Pacífico occidental. El protagonista del análisis fue John Culver, un respetado ex analista de la CIA, especialista en el Ejército Popular de Liberación chino y actual investigador senior no residente de la Brookings Institution, quien lanzó una definición inquietante: “Los chinos siguen a nuestros portaaviones cada hora de cada día”.
La frase resume un cambio estratégico de fondo. Para Culver, que comenzó a estudiar al aparato militar chino en 1985 y fue oficial nacional de inteligencia para Asia Oriental entre 2015 y 2018, Estados Unidos ya no puede mirar a China como una potencia atrasada, dependiente de cantidad pero inferior en calidad. Su advertencia es mucho más dura: salvo en submarinos y guerra submarina, resulta cada vez más difícil identificar áreas donde Washington conserve una ventaja clara.
El ex funcionario de inteligencia sostuvo que Pekín logró avances decisivos en misiles, espacio, capacidades antisatélite, ciberdefensa, reconocimiento, guerra electrónica, defensa aérea y municiones de precisión. Según su lectura, el salto militar chino no sólo está en la tecnología, sino también en la escala industrial. China produce armamento avanzado a un ritmo que la base industrial estadounidense no puede igualar con facilidad.
Uno de los datos más impactantes mencionados por Culver apunta al poder naval. Según su evaluación, China cuenta con astilleros capaces de construir más que todos los astilleros estadounidenses juntos y despliega cada año suficientes buques como para replicar, en volumen, una marina completa del tamaño de la francesa. En una eventual guerra prolongada, ese diferencial de producción podría ser tan importante como la calidad de los sistemas de armas.
La advertencia llega en un momento de máxima tensión global. Estados Unidos viene de consumir una parte significativa de sus capacidades de ataque de largo alcance y de defensa antimisiles en el conflicto con Irán, mientras el Pentágono intenta sostener presencia militar simultánea en Medio Oriente, Europa y el Indo-Pacífico. Para Culver, si esos inventarios fueron realmente utilizados en gran escala, Washington no tendría cerca la cantidad de municiones necesarias para enfrentar una guerra con China.
El punto central del análisis es Taiwán. Durante años, el debate militar estadounidense se concentró en el escenario de una invasión anfibia china contra la isla. Culver sostiene que ese es, precisamente, el caso que más confianza genera en Estados Unidos, porque implicaría hundir buques y atacar una flota de desembarco, una tarea para la cual la armada estadounidense conserva capacidades relevantes. Pero el escenario más peligroso podría ser otro: una campaña punitiva china.
Esa campaña, explicó, no necesariamente buscaría ocupar territorio desde el primer día. Podría consistir en ataques masivos contra infraestructura militar, industrial, energética y política de Taiwán, con el objetivo de destruir su capacidad de resistencia, paralizar su economía y forzar una negociación desde una posición de fuerza. En ese contexto, el riesgo no sería sólo militar: también alcanzaría al corazón tecnológico del planeta.
Taiwán produce más del 90% de los semiconductores más avanzados del mundo, un dato que transforma cualquier crisis en la isla en una amenaza global. Si el conflicto destruyera o paralizara esa producción, el impacto se sentiría en industrias clave: defensa, automotriz, telecomunicaciones, inteligencia artificial, electrónica de consumo, sistemas financieros y cadenas de suministro críticas.
El ex analista de la CIA también advirtió que una guerra en el Pacífico occidental no afectaría sólo a Taiwán. La navegación comercial hacia Japón, Corea del Sur, el Mar de China Meridional, el estrecho de Malaca y los principales puertos del noreste asiático quedaría bajo amenaza. En términos económicos, sería como multiplicar varias veces el problema del estrecho de Ormuz, pero trasladado al centro del comercio mundial.
La comparación con Ormuz no es casual. China observa con atención la guerra entre Estados Unidos e Irán y las consecuencias del bloqueo o la amenaza sobre rutas marítimas estrechas. Para Culver, una de las lecciones que podría extraer Pekín es que, en la guerra moderna, quien intenta impedir la navegación puede tener más poder inmediato que quien intenta garantizarla. Basta con que las aseguradoras, navieras y empresas logísticas perciban riesgo alto para que el tráfico marítimo empiece a reducirse por decisión privada.
En el caso de Taiwán, China no necesitaría necesariamente hundir cada barco. Podría declarar un bloqueo, amenazar rutas, atacar puertos o degradar instalaciones de descarga. El efecto psicológico y económico sería inmediato. El comercio internacional no funciona con discursos de valentía, sino con seguros, costos, puertos operativos y garantías mínimas de seguridad.
El rol de los portaaviones estadounidenses también quedó bajo la lupa. Culver sostuvo que, para que esos buques sean realmente relevantes en combate, Estados Unidos debería controlar el espacio aéreo dentro de un radio aproximado de 1.600 kilómetros de la zona de operaciones. El problema es que, frente a China, no existen espacios completamente seguros. Ni siquiera Guam, tradicionalmente vista como una retaguardia estratégica estadounidense, puede considerarse una fortaleza invulnerable.
La advertencia golpea un símbolo histórico del poder norteamericano. Durante décadas, los portaaviones fueron la imagen visible de la supremacía militar de Estados Unidos. Pero en un escenario saturado de misiles hipersónicos, armas antibuque, satélites, drones, guerra electrónica y vigilancia permanente, esos activos de altísimo valor podrían convertirse en objetivos demasiado visibles y demasiado costosos.
El artículo de The Washington Post también abordó las purgas dentro del Ejército Popular de Liberación. Culver señaló que Xi Jinping profundizó una depuración inédita en la cúpula militar china, no necesariamente porque busque acelerar una guerra por Taiwán, sino porque quiere asegurarse de que el ejército sea absolutamente leal al Partido Comunista Chino. Según un estudio del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, CSIS, las remociones alcanzaron a una porción extraordinaria de los generales de tres y cuatro estrellas, un nivel de intervención que muestra desconfianza, control político y preocupación por la disciplina interna.
Ese punto es clave para interpretar a Xi. Para Culver, el líder chino no parece desesperado por iniciar una guerra, pero sí está construyendo un aparato militar capaz de imponer costos insoportables si una crisis estalla. En otras palabras: China puede no estar buscando el conflicto, pero se prepara para que, si ocurre, Estados Unidos pague un precio altísimo.
La mirada china sobre Washington también pesa. Según el ex analista de la CIA, Pekín observa a Estados Unidos como una potencia hegemónica en declive, cada vez más inclinada a usar la fuerza para conservar su primacía. Al mismo tiempo, interpreta que la opinión pública estadounidense tiene poca tolerancia a guerras largas, una lección que los chinos extraen de Vietnam, Afganistán, Irak y ahora del desgaste por Irán.
Para la línea estratégica estadounidense, el mensaje es incómodo: no alcanza con tener tecnología superior en determinados sistemas si el país no puede producir municiones, proteger sus bases, sostener logística, endurecer sus fuerzas desplegadas y convencer a su propia población de que una guerra en Taiwán tendría sentido. En palabras simples, la guerra moderna no se gana sólo con portaaviones y discursos de superioridad; se gana con reservas, industria, aliados, resiliencia y claridad política.
El debate llega, además, en vísperas de una agenda diplomática sensible entre Donald Trump y Xi Jinping. Trump busca mostrar fortaleza frente a China sin quedar atrapado en otra guerra abierta, mientras Xi intenta administrar sus problemas internos, sostener el crecimiento económico y consolidar el control sobre las fuerzas armadas. Ambos saben que una crisis mal calculada en el Pacífico podría desatar consecuencias mundiales.
El artículo de The Washington Post no describe un escenario inevitable, pero sí un cambio de época. China ya no es sólo una potencia emergente que desafía a Estados Unidos desde la economía. Es un competidor militar con capacidad industrial, tecnológica y estratégica para poner en duda la libertad de acción estadounidense en el teatro más importante del siglo XXI.
Para Occidente, la advertencia de John Culver debería ser leída con seriedad. La superioridad militar no se declama: se produce, se sostiene y se adapta. Y en el Pacífico, donde cada kilómetro cuenta y cada munición puede ser decisiva, el margen para la nostalgia imperial se achica con rapidez.





