Por Guillermo H. B. Castaño. Exclusivo Total News Agency
El riesgo país estuvo debajo de los 500 puntos, un Banco Central acumulador de reservas, la industria retomando el crecimiento y una inflación en desaceleración, configuran el panorama más auspicioso de los últimos años. Pero la verdadera prueba es sostenerlo.
Un quiebre de tendencia que no debe tomarse a la ligera
Hay momentos en la historia económica argentina en los que varios indicadores se alinean en la misma dirección y mandan una señal indudable al mercado. Estamos, ante uno de esos momentos. El riesgo país perforó esta semana los 500 puntos básicos y cerró en 496 unidades —su nivel más bajo desde el 2 de febrero—, los bonos soberanos acumulan una ganancia cercana al 3% en lo que va de mayo, el S&P Merval trepó 2,3% impulsado por el sector energético, el dólar oficial se mantiene estable en torno a $1.390 y el Banco Central lleva 82 jornadas consecutivas de compras netas de divisas.
Estos datos, tomados en conjunto, representan un cambio de régimen financiero que Argentina no experimentaba desde hacía décadas. Y a diferencia de otros episodios de euforia efímera que vivió nuestro país, esta vez el optimismo de los mercados tiene correlato en la economía real.
El Banco Central esta vez es un protagonista positivo
Quizás el dato más contundente de la nueva etapa sea el comportamiento del Banco Central. La autoridad monetaria compró USD 70 millones en la última jornada y acumula, según datos oficiales, más de USD 7.300 millones en compras netas durante 2026. En marzo, las adquisiciones de divisas sumaron USD 1.671 millones. El contraste con etapas anteriores es dramático: el BCRA pasó de ser un vendedor compulsivo de reservas —interviniendo para sostener un tipo de cambio insostenible— a ser un acumulador sistemático. Ese giro no solo mejora el balance del organismo; cambia la narrativa de fondo sobre la solvencia del esquema económico.
La estabilidad del tipo de cambio refuerza ese cuadro. El dólar oficial se mantiene prácticamente plano en mayo —apenas entre +/- 50 pesos de ajuste— y registra una baja del 4,4% en lo que va del año. Cuando el dólar deja de ser problema cotidiano, se ordenan precios, contratos y expectativas. Es una condición necesaria, aunque no suficiente para recuperar la previsibilidad que la economía argentina necesita con urgencia.
La economía real despierta: industria, consumo y exportaciones
Más allá de los mercados financieros, la economía real comenzó a enviar señales alentadoras. En marzo, la producción industrial creció un 5,0% interanual —según datos del INDEC— después de ocho meses consecutivos de caída. Es un dato que no debe leerse de manera aislada: en el contexto de una contracción tan prolongada, este rebote señala que el piso queda atrás. El consumo también mostró una recuperación parcial en rubros seleccionados, aún insuficiente para hablar de reactivación generalizada, pero suficiente para confirmar que la recesión más aguda está pasando.
El sector energético merece mención especial. La producción de petróleo registró un crecimiento del 16% interanual en marzo, impulsada por los proyectos de Vaca Muerta. Argentina se consolida como exportador neto de energía: las estimaciones apuntan a exportaciones energéticas de alrededor de USD 13.000 millones este año, una fuente de divisas que reduce la vulnerabilidad externa histórica del país frente a shocks externos. En el frente exportador más amplio, las ventas al exterior crecieron un 30% interanual en marzo en valor —con manufacturas industriales al 25%—, lo que permite proyectar un superávit comercial de bienes superior a los USD 16.000 millones para 2026.
La inflación: el desafío que define todo lo demás
El índice de precios de marzo marcó un alza mensual de 3,4% y una variación interanual de 32,6%. Esas cifras, vistas desde la perspectiva del pico inflacionario que vivió el país, representan una mejora considerable. Pero vistas desde a donde necesitamos llegar, siguen siendo altas. Los analistas/ consultoras del mercado proyectan una inflación máxima de 2,6% mensual para abril y esperan cerrar 2026 en torno al 29% anual.
El proceso desinflacionario avanza, pero no es lineal. La inercia de precios relativos aún en ajuste, la indexación informal de contratos y la sensibilidad de los costos al tipo de cambio son factores que conspiran contra una convergencia rápida. La clave para acelerar ese proceso es la combinación que ya está en marcha: superávit fiscal sostenido, emisión monetaria controlada y un tipo de cambio creíble. Sin embargo, el ritmo de desinflación también depende de la apertura de la economía y de la reducción de impuestos distorsivos que encarecen innecesariamente la estructura de costos productivos.
Salarios: el eslabón que aún no cierra el círculo
La gran tensión del momento presente es la brecha entre estabilidad macro y recuperación social. Las remuneraciones en promedio crecieron un 3,16% en el primer trimestre, mientras la inflación acumulada fue del 9,4%. En otras palabras, el salario real cayó, aunque a menor velocidad. El poder de compra del salario mínimo acumula un deterioro desde el inicio del programa de ajuste, y la heterogeneidad sectorial agrava el cuadro: los trabajadores del agro, la energía y el comercio exportador están en mejor posición relativa que quienes trabajan en industrias orientadas al mercado interno o en el sector de la construcción.
Este es, quizás, el principal desafío político de la etapa: la estabilidad macro visible en los mercados no se traduce aún en la billetera de los trabajadores. La recuperación del salario real no llegará por decreto ni por voluntarismo, sino como consecuencia de una baja más rápida de la inflación, un aumento genuino de la productividad laboral y la expansión del crédito para las empresas que emplean mano de obra. El proceso puede funcionar, pero requiere tiempo y no admite atajos.
Señales adicionales que fortalecen el escenario
Al cuadro de indicadores financieros y reales se suman señales institucionales relevantes. Fitch elevó la calificación soberana argentina a “B-” con perspectiva estable —todavía en grado especulativo, pero un upgrade que baja el costo potencial de endeudamiento—. El gobierno cerró el programa financiero de 2026 sin necesidad de emitir deuda a tasas consideradas excesivas. El FMI continuó con las revisiones de su programa y los desembolsos pactados. Provincias como Córdoba, Santa Fe y Entre Ríos ya colocaron bonos en el mercado internacional a tasas de un dígito en dólares, algo impensable hace apenas un año.
El RIGI —Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones— ya cuenta con proyectos aprobados por USD 27.700 millones y otros 36 proyectos en proceso de aprobación que podrían sumar más de USD 97.000 millones adicionales en minería, energía e infraestructura. El BID proyecta que Argentina será el país que más crecerá en América Latina durante 2026, con una expansión del PIB real esperada del 2,8% según el REM del BCRA. No son números espectaculares, pero son consistentes con una economía que sale de una contracción profunda y reconstruye sus bases. (Argentina no crece 2 años seguidos desde hace 20 años, un hito)
Lo alcanzado: balance
El diagnóstico de lo realizado hasta aquí requiere ser equitativo y valorar los logros. Se ordenaron las cuentas fiscales con una consistencia que Argentina no registraba en décadas: el superávit primario mensual es la norma, no la excepción. Se frenó la emisión monetaria descontrolada. Se estabilizó el mercado cambiario. Se recuperaron reservas. Se mejoró la percepción de solvencia soberana. Y se logró esto en simultáneo, algo que muchos analistas —basados en razones históricas— consideraban imposible o políticamente inviable.
El costo social del ajuste fue real y no puede ignorarse: empleo deteriorado en industria y construcción, poder adquisitivo erosionado, acceso al crédito restringido. Pero el punto de partida era también de una gravedad excepcional. El programa económico logró estabilizar una situación que, de continuar su trayectoria anterior, hubiera derivado en una crisis de proporciones mayúsculas alcanzando hasta alrededor del 90% de nivel pobreza.
Cómo continuar: la agenda de la segunda etapa
Estabilizar fue la condición necesaria. Crecer de manera sostenida es la condición suficiente. La agenda de la segunda etapa tiene al menos cinco ejes que merecen atención prioritaria:
1. Reducir la carga tributaria distorsiva
Argentina tiene una presión impositiva que figura entre las más nocivas del mundo emergente: Ingresos Brutos, sellos, impuesto al cheque, tasas municipales superpuestas. Reducirlos gradualmente mejoraría la competitividad de las empresas formales, bajaría costos de producción y —un efecto que suele subestimarse— ampliaría la base tributaria al reducir la informalidad estructural.
2. Expandir el crédito productivo
Con menor inflación y mayor estabilidad, el sistema financiero debe volver a prestar con horizonte de largo plazo: hipotecas, financiamiento para pymes, crédito al consumo durable e inversión industrial. El acceso al crédito sigue siendo caro y restringido; expandirlo es condición para que la recuperación de la actividad se consolide y se vuelva inclusiva (el crédito ronda el 10% del PBI, mientras que en los países vecinos lo hace en torno al 60%).
3. Acelerar la desinflación
La OCDE proyectó una inflación promedio de 17,6% para 2026 y 10% para 2027. Ese sendero para 2027 es alcanzable, pero exige mantener disciplina fiscal continua, apertura comercial gradual e instituciones monetarias creíbles. El proceso no es lineal —como enseñan las experiencias de Chile y Uruguay— pero sí es posible. Cada décima que baje la inflación mensual es poder de compra que los trabajadores recuperan.
4. Sostener la acumulación de reservas
Con exportaciones agropecuarias proyectadas en USD 36.000 millones y energéticas en torno a USD 9.000 millones (descontadas la importaciones), el flujo de divisas de 2026 es el más favorable en muchos años. Consolidar ese flujo en reservas netas —y no solo brutas— es crucial para reducir el riesgo país aún más, reabrir el mercado de capitales voluntario y dar previsibilidad al tipo de cambio en el mediano plazo.
5. Formalizar el empleo y mejorar la productividad laboral
Argentina tiene más de 8 millones de trabajadores informales. La reforma laboral aprobada apunta a reducir esa cifra bajando los costos de la formalización. El éxito de esa iniciativa —bien diseñada y gradualmente implementada— podría transformar el mercado de trabajo, ampliar la recaudación genuina y elevar los salarios reales de manera sustentable. No hay atajos: la recuperación del poder adquisitivo pasa por más productividad, no por más emisión.
Conclusión: una mejora real, con potencial genuino.
Argentina muestra hoy avances que hace poco tiempo parecían difíciles de imaginar simultáneamente: riesgo país debajo de 500, Banco Central acumulando reservas por 81 jornadas consecutivas, dólar estable, industria que vuelve a crecer, exportaciones en auge y calificadora de riesgo que mejora la nota soberana. Es una combinación poderosa. Pero la historia argentina también nos enseña que estabilizar es difícil; sostener la estabilidad, más difícil aún.
Los próximos trimestres dirán si este episodio de mejora es un alivio transitorio o el inicio de una normalización más profunda. Los ingredientes están. La consistencia fiscal se sostiene. El mercado cambiario está ordenado. La inversión en energía y minería promete un flujo de dólares estructuralmente diferente al pasado. Falta que esos beneficios lleguen con mayor velocidad a los salarios, al empleo formal y al consumo de los argentinos.
La oportunidad existe. No es frecuente. Y no espera indefinidamente.
13/05/26
Guillermo H.B. Castaño. Semper Fidelis Consultora
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