Buenos Aires, 19 de mayo de 2026-Total News Agency-TNA- Luego de lo publicado por Total News sobre la escalada interna en La Libertad Avanza, el presidente Javier Milei decidió romper el silencio y salió a respaldar, al mismo tiempo, a los dos protagonistas de la pelea que sacude al oficialismo: el asesor presidencial Santiago Caputo y el presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem. Lo hizo con una explicación curiosa: aseguró que al riojano le “prefabricaron” una controversia y, en paralelo, definió a Caputo como “un hermano”.
El intento presidencial buscó bajar el tono del conflicto, pero no logró cerrar la crisis. Al contrario: dejó a la vista que Milei eligió no definir la pelea. Respaldó a Menem, defendió a Caputo, relativizó la interna y pasó por alto un dato central: fue el propio Santiago Caputo quien reconoció la gravedad de la disputa cuando afirmó públicamente que llegó al Gobierno con el Presidente y que sólo se irá “con el Presidente o cuando él disponga”.
La frase de Caputo había puesto a Milei contra la pared. Si el asesor dice que sólo el Presidente puede echarlo, entonces obliga al jefe de Estado a confirmarlo, respaldarlo o dejarlo caer por omisión. Por eso, el silencio presidencial empezaba a transformarse en un problema político. Si Milei no hablaba, Caputo quedaba debilitado. Si hablaba y lo ratificaba, golpeaba al sector de Karina Milei y los Menem. El Presidente eligió una tercera vía: apoyar a todos y no ordenar a nadie.
En declaraciones al canal de streaming Neura, Milei sostuvo que la controversia del fin de semana fue “algo que le han plantado a Martín Menem” y que todo estuvo “prefabricado” para generar un problema. “Martín lo explicó dentro de Gabinete”, dijo el mandatario, y agregó que podía mostrar un video armado por Santiago Oría para explicar lo que, según su versión, le hicieron al titular de la Cámara baja.
La explicación presidencial apuntó a desactivar la acusación que había lanzado el caputismo contra el entorno de Menem, luego de que una cuenta anónima de X, identificada como @PeriodistaRufus, quedara vinculada al presidente de la Cámara de Diputados y fuera señalada como una supuesta usina de críticas contra funcionarios, dirigentes y referentes libertarios. El episodio encendió una guerra pública entre el sector de Caputo, las llamadas Fuerzas del Cielo, y el armado político que responde a Karina Milei.
Pero Milei no se limitó a defender a Menem. También ratificó su vínculo personal con Caputo, a quien describió como “un hermano”. “Santiago Caputo es como un hermano para mí y Martín Menem lleva adelante una tarea como presidente de la Cámara de Diputados enorme, fenomenal, extraordinaria”, afirmó el Presidente. Con esa frase, intentó repartir bendiciones entre los dos bandos de la interna, aunque el efecto político fue ambiguo: nadie perdió, pero tampoco nadie ganó.
La frase presidencial pasa por alto que Caputo no habló como un asesor tranquilo, sino como alguien que se siente bajo fuego. Su descargo en redes no fue una simple muestra de fidelidad: fue una forma de marcar territorio. Al decir que sólo se irá si Milei lo dispone, dejó claro que no acepta ser desplazado por los Menem, por el karinismo ni por operaciones internas. También trasladó la responsabilidad final al Presidente.
Ese puede haber sido, precisamente, el peor error político del asesor admirador de Giuliano da Empoli: convertir una interna de facciones en un plebiscito personal sobre su vínculo real con Milei. En política, pedir una ratificación pública sin tener garantizada la respuesta es una jugada de alto riesgo. Y aunque el Presidente finalmente habló, lo hizo de manera salomónica, sin cerrar la disputa y sin dejar un ganador claro.
El resultado es que Caputo obtuvo una frase afectiva —“es como un hermano”—, pero no necesariamente un cheque político en blanco. Menem, por su parte, recibió una defensa explícita: según Milei, fue víctima de una operación “prefabricada”. En términos de poder interno, el Presidente protegió al titular de Diputados sin soltarle la mano a su asesor. Esa ambivalencia puede servir para ganar horas, pero difícilmente alcance para ordenar una guerra que ya se tramita a cielo abierto.
El conflicto se originó durante el fin de semana, cuando el entorno de Caputo acusó al sector de Martín Menem de estar detrás de una cuenta anónima que criticaba al propio Gobierno. Desde esa cuenta se habrían publicado mensajes contra Caputo, contra militantes vinculados a las Fuerzas del Cielo y contra figuras del oficialismo. La eliminación posterior del perfil alimentó aún más las sospechas y convirtió el episodio en un escándalo digital de alto impacto político.
Menem negó administrar la cuenta y, según distintas reconstrucciones periodísticas, explicó internamente que se trató de un “error involuntario” de una persona de su equipo. Para el sector de Caputo, esa explicación no alcanzó. La pelea escaló con insultos, capturas, posteos cruzados y acusaciones de operar desde cuentas falsas, hasta instalar la idea de que la convivencia entre ambas tribus libertarias ya no da para más.
El propio Letra P describió el vínculo entre Caputo y los Menem como una relación atravesada por desconfianza, hartazgo, acusaciones de operaciones cruzadas y aversión personal. Según esa lectura, en ambos sectores coinciden en que la convivencia dentro del Gobierno está agotada y que la única solución real sería la salida o el desplazamiento de uno de los grupos en pugna.
La intervención de Milei era esperada porque varios integrantes del Gobierno venían reclamando que el Presidente ordenara la interna. La frase “está todo descontrolado” comenzó a circular en despachos oficiales como síntesis de un clima que ya no podía disimularse. El problema es que la respuesta presidencial no ordenó: relativizó. En lugar de reconocer la profundidad de la crisis, Milei atribuyó el episodio a una operación prefabricada y sostuvo que el periodismo llama “internas” a simples discrepancias de pensamiento.
Esa explicación puede ser útil para consumo militante, pero resulta débil frente a los hechos. No se trató sólo de diferencias de criterio. Hubo acusaciones públicas entre sectores del Gobierno, cuentas anónimas, señalamientos contra el presidente de la Cámara de Diputados, una respuesta furiosa del asesor más influyente de Milei y un descargo posterior en el que Caputo dejó sentado que su permanencia depende exclusivamente del Presidente.
En el fondo, la crisis expone la fractura del antiguo Triángulo de Hierro, integrado por Javier Milei, Karina Milei y Santiago Caputo. Ese esquema fue clave durante la campaña y en los primeros meses de gestión, pero hoy aparece tensionado por el crecimiento del armado karinista, el peso de los Menem en la estructura partidaria y legislativa, y la resistencia del caputismo a perder influencia sobre la estrategia comunicacional y política del Gobierno.
Karina Milei no habló públicamente para respaldar a Martín Menem, pero el apoyo político se lee en los hechos. Menem es una pieza central de su armado, preside la Cámara de Diputados y forma parte del dispositivo territorial que la secretaria general de la Presidencia viene construyendo para consolidar poder propio dentro de La Libertad Avanza. Al defenderlo como víctima de una operación, Milei también blindó indirectamente el esquema de su hermana.
Al mismo tiempo, al llamar “hermano” a Caputo, el Presidente evitó una ruptura pública con el asesor que fue clave en su ascenso político. La frase tiene peso emocional, pero no resuelve el conflicto operativo. Si Caputo sigue en el Gobierno, pero el karinismo continúa ganando terreno, la tensión persistirá. Si los Menem conservan poder y el caputismo mantiene su ejército digital, la interna seguirá escribiendo capítulos.
La pelea ocurre en un momento especialmente complejo para la administración libertaria. El Gobierno enfrenta desgaste económico, caída en la imagen presidencial, tensiones con aliados y el avance de investigaciones judiciales que golpean a figuras sensibles del oficialismo, especialmente al jefe de Gabinete Manuel Adorni. La interna entre Caputo, Karina Milei y los Menem logró correr por algunas horas el foco mediático del caso Adorni, pero la causa patrimonial no se extingue por falta de cámaras. El expediente seguirá su curso y el funcionario continuará obligado a explicar su situación patrimonial.
Por eso, el respaldo de Milei a ambos contendientes deja un sabor ambiguo. Sirve para evitar una ruptura inmediata, pero no corrige el problema de fondo. El Presidente eligió no castigar a nadie, no desplazar a nadie y no establecer una autoridad clara entre las facciones. En una estructura política joven, personalista y con pocos mecanismos institucionales de resolución interna, esa indefinición puede convertirse en un nuevo combustible.
El intento de Milei por reducir la pelea a una operación contra Menem tampoco alcanza para explicar el descargo de Caputo. Si todo fue prefabricado, ¿por qué el asesor presidencial necesitó aclarar que sólo se irá cuando el Presidente lo disponga? Si no hay interna, ¿por qué integrantes del Gobierno pedían la intervención de Milei? Si sólo hubo una controversia inventada, ¿por qué el propio oficialismo reaccionó como si la crisis hubiera tocado fibras profundas del poder?
La respuesta es simple: porque la interna existe. Puede estar exagerada por la prensa, amplificada por redes o alimentada por operadores, pero existe. Y el Presidente, al intentar abrazar a todos, evitó una definición que tarde o temprano deberá tomar. En política, los conflictos no desaparecen porque el jefe diga que fueron “prefabricados”. A veces se agrandan justamente porque nadie se anima a resolverlos.
La intervención presidencial dejó entonces una foto curiosa: Milei respaldó a Menem, cuidó a Caputo, protegió a Karina y negó la dimensión de la pelea. Todos recibieron algo, pero ninguno recibió lo suficiente como para cerrar el capítulo. El asesor quedó acompañado, pero condicionado. El titular de Diputados quedó defendido, pero bajo sospecha pública. Y el Presidente quedó como árbitro que entró a la cancha, tocó la pelota y salió sin cobrar falta.
El Gobierno necesitaba una señal de autoridad. Recibió una fórmula de equilibrio. En el corto plazo puede evitar un estallido mayor. En el mediano, puede dejar a todos los bandos convencidos de que aún tienen derecho a seguir peleando. Y esa es, tal vez, la peor noticia para un oficialismo que prometió orden, pero vuelve a exhibir desorden.




