Por Daniel Romero
Buenos Aires – 20 junio 2026 – Total News Agency – TNA-. El diputado nacional Máximo Kirchner encabezó este sábado un acto de La Cámpora en Parque Lezama para reclamar la liberación de Cristina Fernández de Kirchner, a un año de que la ex presidente comenzara a cumplir prisión domiciliaria por la condena firme en la causa Vialidad, y volvió a exhibir una paradoja política cada vez más evidente: el kirchnerismo pretende reorganizar al peronismo alrededor de una dirigente condenada por corrupción, inhabilitada de por vida para ejercer cargos públicos y sometida a reglas estrictas de ejecución penal. Claramente, el kirchnerismo vuelve a asomar la cabeza por el escandalo Adorni, al que ven como el los iguala. Sin el bochorno Adorni, no habria marchas ni absurdos pedidos de nulidades.
La convocatoria, bajo la consigna “Por Argentina, por Cristina”, reunió a militantes de La Cámpora, dirigentes del peronismo duro y referentes del espacio que todavía intenta sostener a Cristina Kirchner como jefa política del movimiento. En el palco estuvieron Guillermo Moreno, Juan Grabois, Mayra Mendoza, Jorge Capitanich, Eduardo “Wado” de Pedro, Amado Boudou, Leopoldo Moreau, Horacio Pietragalla, Mariel Fernández, Facundo Tignanelli, Florencia Carignano, Eduardo Valdés y otros dirigentes del kirchnerismo.
El acto se realizó tres días después de cumplirse un año de la detención domiciliaria de la ex presidente, quien cumple una pena de seis años de prisión por administración fraudulenta en perjuicio del Estado. La condena, confirmada por la Corte Suprema de Justicia, incluyó además la inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos, un dato central que el kirchnerismo evita mencionar cuando denuncia una supuesta “proscripción”.
Máximo Kirchner, jefe de La Cámpora, fue el orador central y utilizó buena parte de su discurso para pasar facturas dentro del peronismo. “Hablan de hacer la unidad y ni siquiera son capaces de ir a verla a San José”, dijo, en alusión al departamento de San José 1111, en el barrio porteño de Constitución, donde Cristina Kirchner cumple la prisión domiciliaria.
La frase buscó golpear a sectores del peronismo que intentan tomar distancia de la ex presidente, en especial al gobernador bonaerense Axel Kicillof y a mandatarios provinciales como el catamarqueño Raúl Jalil, a quien el hijo de Cristina Kirchner criticó por acompañar iniciativas legislativas impulsadas por el Gobierno nacional.
Pero el reclamo de Máximo Kirchner también dejó en evidencia una contradicción de fondo. Cristina Kirchner no está recluida por una sanción política ni por una disputa interna del peronismo: cumple una condena penal firme. Su domicilio no es una unidad básica ni una sede partidaria, sino el lugar fijado por la Justicia para la ejecución de una pena. En realidad, quien debe visitarla no es la dirigencia desesperada por juntar votos”, sino el juez de ejecución penal Rodrigo Giménez Uriburu y poner coto a los abusos.
La Justicia ya le advirtió a la ex presidente que debe respetar de manera estricta las condiciones de su prisión domiciliaria. El magistrado le hizo saber que la reiteración de conductas que alteren el régimen impuesto o conviertan su vivienda en escenario de manifestaciones políticas podría poner en riesgo el beneficio. Por eso, la organización del acto en Parque Lezama inicialmente pero nuevamente hubo una concentración directa frente al departamento de San José 1111.
Sin embargo, tras el discurso de Máximo Kirchner, militantes emprendieron una caminata hacia la zona donde vive la ex mandataria, reeditando la tensión entre el intento del kirchnerismo de convertir la domiciliaria en un símbolo de campaña y la obligación judicial de cumplir una condena sin montar un dispositivo político permanente alrededor de la detenida.
El discurso de Máximo Kirchner volvió a presentar a su “mamá” como víctima de una persecución judicial. “Reclamamos su libertad porque es inocente”, sostuvo, pese a que la sentencia de Vialidad fue revisada y confirmada por la Corte Suprema. Esa insistencia forma parte del núcleo del relato kirchnerista: negar la condena, reemplazar el expediente por una épica militante y transformar la responsabilidad penal en bandera electoral.
El problema es que el argumento ya no alcanza para ocultar la fragilidad política del propio Máximo Kirchner. A los casi 50 años, el diputado sigue dependiendo de la centralidad de su madre para sostener liderazgo, ordenar tropa y disputar poder dentro del peronismo. La escena de Parque Lezama mostró a un supuesto jefe político que necesita invocar a una condenada por corrupción para movilizar militancia, dirimir internas y reclamar conducción.
La herencia política de Máximo Kirchner está atravesada por la herencia material y simbólica del kirchnerismo. El dirigente que pretende dar lecciones de unidad y doctrina carga con el peso de un patrimonio familiar construido durante los años en que el matrimonio Kirchner concentró poder político, influencia económica y relaciones con empresarios beneficiados por el Estado y un patrimonio imposible de justificar, algo parecido al del Jefe de Gabinte, pero inmensamente mayor. La condena de Vialidad ubicó judicialmente ese entramado en el terreno de la administración fraudulenta y la corrupción en la obra pública.
En ese marco, sus críticas a otros dirigentes del peronismo suenan menos como una discusión estratégica y más como la exigencia de subordinación a una jefatura familiar en retirada. “Está claro quién debe ser la conducción”, afirmó Máximo Kirchner, al insistir en que Cristina Kirchner sigue siendo la figura ordenadora del espacio. El mensaje apuntó a Kicillof, cuya construcción propia incomoda a La Cámpora, y a gobernadores que buscan despegarse de una marca electoral cada vez más pesada.
El jefe camporista también cuestionó a quienes, según dijo, “se transformaron en consultores” y ya no militan por la libertad de la ex presidente. La frase reveló el enojo del kirchnerismo duro con un peronismo que empieza a preguntarse si puede volver al poder atado a una dirigente condenada, inhabilitada y con domicilio judicialmente controlado.
La paradoja es que Máximo Kirchner pide unidad, pero bajo una condición: que todo el peronismo acepte que la conducción real debe seguir en manos de Cristina Kirchner. Pide votos, pero no ofrece renovación. Reclama militancia, pero alrededor de una ex presidente que no puede ser candidata. Exige visitas a San José, pero omite que ese domicilio es parte de un régimen de cumplimiento de pena.
El acto también mostró una postal conocida del kirchnerismo: micros desde el conurbano, banderas argentinas, consignas de “Cristina libre” y un discurso de victimización frente a una sentencia judicial firme. En el Día de la Bandera, La Cámpora buscó apropiarse de la simbología nacional para convertirla en defensa de su jefa política presa.
La movilización dejó al descubierto la crisis de conducción del peronismo. Cristina Kirchner conserva influencia, pero ya no puede ejercer cargos públicos. Máximo Kirchner pretende heredar su lugar, pero necesita que su madre haga campaña desde la prisión domiciliaria. Kicillof intenta construir autonomía, pero evita romper de manera definitiva. Los gobernadores calculan votos y poder territorial, mientras el kirchnerismo duro los acusa de traición.
A un año de la detención de Cristina Kirchner, el mensaje de Parque Lezama fue menos un reclamo judicial que una confesión política. El kirchnerismo no logra imaginarse sin la ex presidente, incluso cuando la Justicia ya la condenó, la inhabilitó y la obligó a cumplir la pena en su domicilio. Máximo Kirchner, en lugar de ofrecer una conducción propia, volvió a pedir que todos vayan a visitar a su madre. Esa escena resume el dilema del peronismo: seguir orbitando alrededor de una condenada por corrupción o asumir, por fin, que la política no puede organizarse desde una prisión domiciliaria.




