Jerusalén – 13 Julio 2026 – Total News Agency – TNA-. El ex presidente iraní Mahmud Ahmadineyad, recordado por su retórica antisemita, la negación del Holocausto y sus amenazas contra Israel, habría sido colocado bajo arresto domiciliario por la Guardia Revolucionaria después de que trascendieran sus contactos secretos con el Mossad y un extraordinario plan israelí para promoverlo como posible figura de transición ante una eventual caída del régimen teocrático.
La versión fue revelada originalmente por The New York Times. Según funcionarios y ex funcionarios consultados por el diario norteamericano, el servicio de inteligencia exterior israelí cultivó durante varios años una relación clandestina con Ahmadineyad y evaluó utilizarlo como alternativa de poder en un escenario de colapso de la República Islámica.
La información resulta particularmente sorprendente por el pasado del ex mandatario. Ahmadineyad gobernó Irán entre 2005 y 2013, cuestionó públicamente la existencia del Holocausto, defendió el programa nuclear iraní y convirtió la eliminación de Israel en uno de los ejes centrales de su discurso internacional.
Sin embargo, después de abandonar el poder, comenzó a distanciarse de sectores de la cúpula religiosa y militar. Criticó la corrupción, cuestionó la represión interna y fue excluido en varias oportunidades de nuevas elecciones presidenciales por el Consejo de Guardianes, organismo controlado por el establishment clerical.
Ese enfrentamiento interno habría convertido al antiguo ultraconservador en una figura atractiva para los servicios israelíes. El cálculo del Mossad consistía en que Ahmadineyad conservaba una base popular entre sectores pobres, un fuerte reconocimiento nacional y experiencia de gobierno, pero ya no respondía plenamente a la conducción de los ayatolás.
Según la investigación, el entonces jefe del Mossad, David Barnea, viajó personalmente a Budapest en 2024 para reunirse con Ahmadineyad. La decisión habría reflejado la importancia que la inteligencia israelí otorgaba a la operación, dado que no se trató de un contacto mantenido únicamente por agentes de menor jerarquía.
El ex presidente iraní habría celebrado otra reunión con agentes israelíes en la capital húngara en junio de 2025. Durante esa visita habría logrado separarse en dos ocasiones de los custodios enviados por la Guardia Revolucionaria para vigilar sus movimientos. También se mencionaron contactos anteriores en Guatemala y otros encuentros realizados fuera de Irán.
Fuentes estadounidenses citadas por los medios aseguraron que Israel financió en secreto parte de los viajes y gastos de vivienda del ex mandatario. El objetivo no habría sido simplemente obtener información, sino mantenerlo disponible como un activo político para una posible transición posterior a una ofensiva militar o a un derrumbe interno del régimen.
La operación habría generado fuertes discusiones dentro de los propios servicios israelíes. Algunos funcionarios consideraban que Ahmadineyad podía transformarse en una figura útil para fracturar el sistema iraní, mientras otros juzgaban absurda la idea de depositar confianza en quien durante años había encabezado una de las campañas más agresivas contra Israel.
Barnea, en cambio, habría sostenido ante sus colaboradores que el proyecto tenía posibilidades reales de prosperar si recibía autorización política y militar completa. El plan formaba parte de una estrategia más amplia de cambio de régimen, construida sobre años de infiltración, recolección de inteligencia y desarrollo de redes clandestinas dentro de Irán.
La transformación pública de Ahmadineyad también despertó atención. En los últimos años moderó parte de su retórica exterior, comenzó a presentarse como defensor de los derechos de los ciudadanos iraníes, denunció abusos de los organismos de seguridad y abordó temas sociales y culturales alejados de su antigua imagen de dirigente revolucionario.
También modificó su vestimenta, intensificó su presencia en redes sociales, estudió inglés y procuró proyectar una apariencia más accesible. Esos cambios no borraron su pasado, pero alimentaron la hipótesis de que intentaba reconstruirse como un dirigente nacionalista y populista capaz de gobernar sin depender completamente del aparato religioso.
El supuesto operativo alcanzó su etapa más delicada después de los ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel contra Irán. De acuerdo con las versiones publicadas, una instalación de seguridad situada junto a la residencia de Ahmadineyad fue atacada y varios miembros de su custodia murieron. Inicialmente circularon versiones contradictorias sobre su destino, aunque posteriormente se informó que había sobrevivido y había sido trasladado a un lugar seguro.
Agentes vinculados con el Mossad lo habrían conducido entonces a una vivienda clandestina dentro de Irán, desde donde se esperaba coordinar una eventual maniobra política. Sin embargo, Ahmadineyad habría comenzado a desconfiar de la operación, expresó disconformidad con la evolución del plan y finalmente abandonó el refugio.
Su posterior aparición pública habría permitido a la Guardia Revolucionaria recuperar el control sobre sus movimientos. Fuentes citadas por medios israelíes y norteamericanos sostienen que desde entonces permanece detenido o bajo arresto domiciliario, acusado de mantener contactos con la inteligencia israelí.
Hasta el momento, las autoridades iraníes no confirmaron oficialmente su detención ni informaron sobre la apertura de un proceso penal. Medios cercanos a Teherán rechazaron anteriormente versiones sobre su arresto domiciliario y trataron con escepticismo las informaciones sobre su cooperación con Israel.
Por ese motivo, su situación actual debe considerarse todavía rodeada de secretismo. Las afirmaciones sobre su captura proceden de fuentes de inteligencia y publicaciones periodísticas, pero no de un comunicado de la Justicia iraní o de la Guardia Revolucionaria.
La posible colaboración de Ahmadineyad con el Mossad marcaría uno de los giros más extraordinarios de la política de Medio Oriente. Un dirigente que construyó su proyección internacional atacando a Israel habría terminado manteniendo reuniones con su principal servicio de inteligencia y aceptando apoyo para intentar regresar al poder.
También expondría la profundidad de la fractura dentro de la República Islámica. Ahmadineyad fue durante años una figura emblemática del sistema, contó con el respaldo de sectores de la Guardia Revolucionaria y protagonizó la controvertida elección de 2009, seguida por una brutal represión contra el movimiento opositor.
Su ruptura con el establishment demuestra que las disputas dentro del régimen no se limitan a reformistas contra conservadores, sino que alcanzan también a dirigentes surgidos del núcleo más duro de la revolución islámica.
La revelación podría ser utilizada por Teherán para justificar nuevas purgas, detenciones y controles sobre ex funcionarios. También podría servir al Mossad como una operación psicológica destinada a sembrar sospechas dentro de la cúpula iraní, incluso si algunos detalles de la supuesta colaboración no pueden comprobarse de manera independiente.
Ahmadineyad podría ser considerado por el régimen un traidor que colaboró con el principal enemigo del país. Para Israel, en cambio, habría representado una apuesta pragmática y riesgosa: utilizar las divisiones internas de Irán para debilitar o reemplazar a la conducción clerical.
La paradoja es evidente. El hombre que convirtió el odio contra Israel en una marca de su presidencia habría terminado dependiendo del Mossad para protegerse del mismo sistema político que ayudó a consolidar.




