Por Daniel Romero
Putin ante el espejo de una guerra que ya no puede controlar: pérdidas, escasez y el riesgo de una fractura en el Kremlin
Buenos Aires – 21 Julio 2026 – Total News Agency – TNA – La guerra que Vladimir Putin presentó como una operación rápida para doblegar a Ucrania, modificar el equilibrio de seguridad europeo y restaurar la grandeza rusa se ha convertido en una trituradora de soldados, recursos económicos y credibilidad política.
Después de más de cuatro años de invasión, Rusia conserva la capacidad de lanzar ataques masivos y avanza poco en algunos sectores del frente. Pero esos movimientos territoriales son lentos, costosos y desproporcionados frente a la cantidad de hombres, material y dinero que exige sostenerlos.
Putin todavía controla el aparato estatal, las fuerzas de seguridad, la televisión y los principales centros de poder económico. No existen pruebas públicas de una rebelión militar en preparación ni de un complot concreto para asesinarlo, aun qué si rumores. Pero sería un error confundir control con estabilidad absoluta.
Los regímenes autoritarios suelen parecer sólidos hasta que una combinación de derrotas, crisis económicas y disputas internas rompe el pacto que mantiene unidos a sus integrantes. El peligro para Putin no surge solamente de la calle rusa, fuertemente vigilada, sino también de las élites que necesitan creer que el presidente puede garantizarles poder, seguridad y beneficios.
Cuando esa certeza comienza a deteriorarse, la lealtad deja de ser una convicción y se convierte en un cálculo.
Una potencia petrolera que debe buscar combustible afuera
El dato más humillante para el Kremlin no proviene del campo de batalla, sino de las estaciones de servicio. Los ataques ucranianos contra refinerías, depósitos y terminales obligaron a Rusia a redistribuir combustible desde Siberia, aumentar las compras a Bielorrusia y buscar gasolina en refinerías de India.
Las gestiones verificadas, son principalmente con empresas de India, un socio que compra petróleo ruso con descuento y ahora puede revenderle derivados con valor agregado a Moscú.
En los primeros días de julio, la producción rusa de gasolina alcanzaba solamente para cubrir alrededor del 65% del consumo estacional habitual. El Gobierno debió priorizar el abastecimiento de Moscú, una región de aproximadamente 22 millones de habitantes, ante el riesgo político que representarían largas filas y desabastecimiento en la capital.
La situación es todavía más grave en la península de Crimea, anexada ilegalmente por Rusia en 2014 y convertida durante años en una vidriera propagandística del poder de Putin.
Los ataques ucranianos contra depósitos, puertos, vías logísticas y sistemas energéticos provocaron cortes de electricidad y agua, restricciones en la venta de combustible y dificultades para la temporada turística. La península, que debía simbolizar el regreso de Rusia como gran potencia, comienza a exhibir abandono, aislamiento y vulnerabilidad.
Crimea no está completamente aislada, pero sus conexiones militares y económicas se encuentran cada vez más amenazadas. Ucrania busca convertirla en una carga para Moscú, degradar su utilidad como plataforma ofensiva y demostrar a sus habitantes que el Kremlin ya no puede garantizar la normalidad prometida.
Ucrania trasladó la guerra al interior de Rusia
Durante los primeros años de la invasión, Putin consiguió que gran parte de la población rusa observara el conflicto como un espectáculo lejano. Los soldados morían en Ucrania, mientras Moscú y San Petersburgo conservaban una apariencia de normalidad.
Ese contrato implícito comenzó a romperse.
Ucrania creó un mando especializado en ataques de largo alcance y amplió su campaña contra refinerías, terminales petroleras, depósitos, fábricas militares, redes ferroviarias y centros logísticos. Moscú respondió prohibiendo exportaciones de determinados combustibles y restringiendo actividades marítimas en sectores próximos al mar de Azov, su flota sufrió importantísimas bajas.
La Agencia Internacional de Energía redujo su previsión sobre la producción petrolera rusa y estimó que podría caer alrededor de un 3% durante 2026 debido, entre otros factores, a los daños provocados por las operaciones ucranianas.
Ucrania afirma haber afectado una proporción cercana o superior al 40% de la capacidad de refinación rusa, mientras otras evaluaciones externas colocan el daño efectivo cerca del 30%. La diferencia es importante, pero no altera la conclusión estratégica: Rusia está perdiendo capacidad para proteger una infraestructura energética distribuida sobre un territorio inmenso.
Putin puede ordenar nuevos bombardeos contra las ciudades ucranianas, pero ya no puede garantizar que la guerra permanezca fuera de las fronteras rusas.
Demasiadas bajas para demasiado poco territorio
Rusia sigue capturando pequeñas localidades y sectores rurales, pero sus avances se miden frecuentemente en metros o pocos kilómetros, no en grandes rupturas operativas.
Las fuerzas rusas utilizan una superioridad numérica y material considerable para presionar sobre varios ejes, aunque pagan por cada avance con miles de muertos y heridos. Según informes basados en datos del Estado Mayor ucraniano, Rusia sufrió cerca de 39.500 bajas entre muertos y heridos solamente durante junio. Las cifras exactas son imposibles de confirmar en tiempo real, pero incluso estimaciones más conservadoras muestran un desgaste extraordinario.
Los informes militares más recientes indican que las fuerzas ucranianas consiguieron reducir en algunos sectores el ritmo de avance ruso mientras continúan provocando pérdidas elevadas.
Putin necesita presentar cualquier aldea ocupada como una demostración de progreso porque admitir el costo real de la campaña equivaldría a reconocer que Rusia sacrificó una parte importante de una generación sin alcanzar los objetivos originales.
Kiev no cayó. El Gobierno ucraniano no fue reemplazado. La OTAN no se retiró de Europa oriental. Por el contrario, la Alianza se amplió, los países europeos aumentaron sus presupuestos militares y Ucrania desarrolló una capacidad propia para atacar objetivos a miles de kilómetros.
Los empresarios empiezan a decir lo que el Kremlin no quiere escuchar
El deterioro ya aparece en las declaraciones de algunas de las figuras más poderosas del empresariado ruso.
El magnate siderúrgico Alexéi Mordashov reconoció una caída cercana al 30% de la demanda interna de acero, recortes de inversiones y dificultades de flujo de caja. El empresario Andrei Melnichenko también advirtió sobre los efectos de las elevadas tasas de interés, la falta de inversiones y una economía cada vez más condicionada por las necesidades militares.
Estas expresiones no constituyen una oposición democrática al Kremlin. Los grandes empresarios rusos conocen los límites del sistema y rara vez desafían abiertamente a Putin, el temor a caer por un balcón o ingerir un té de plutonio, es grande. Precisamente por eso, cuando comienzan a exponer públicamente las consecuencias de la política económica, el mensaje adquiere mayor relevancia.
La economía rusa no está al borde de un colapso inmediato. Mantiene ingresos por exportaciones, capacidad industrial y apoyo comercial de China, India y otros mercados. Pero enfrenta una inflación persistente, tasas elevadas, déficit fiscal, deuda empresarial creciente, falta de mano de obra y una dependencia cada vez mayor de China, que ya concentra aproximadamente un tercio del comercio exterior ruso.
Rusia no se convirtió en un socio equivalente de Beijing. Se convirtió progresivamente en un proveedor subordinado de materias primas y en un comprador de componentes que necesita para evitar el aislamiento total.
La credibilidad de Putin también se consume
El poder de Putin se apoya en una promesa sencilla: él puede imponer orden, proteger el territorio ruso y devolverle al país la condición de potencia respetada.
Esa imagen comienza a sufrir grietas.
Los drones alcanzan Moscú. Las refinerías arden. Crimea sufre restricciones. Las familias reciben ataúdes o indemnizaciones. Los empresarios reclaman alivio. Los gobernadores deben explicar desabastecimientos que la propaganda no puede esconder completamente.
La censura puede controlar el relato, pero no puede producir gasolina, reconstruir una refinería ni devolver a los muertos.
Putin podría mantener altos niveles de apoyo aparente durante un período prolongado, pero este ha bajado muchismo desde el comienzo de su “operación especial” . En un sistema autoritario, las encuestas están condicionadas por el miedo, la propaganda y la ausencia de alternativas políticas visibles. El problema decisivo no es si la mayoría de los ciudadanos saldrá mañana a protestar, sino si las élites militares, económicas y de seguridad continúan convencidas de que Putin sigue siendo la mejor garantía para preservar el régimen.
El malestar de los generales
No existen elementos suficientes para afirmar que los generales rusos preparan un levantamiento…pero… Tampoco debe olvidarse que Putin depuró mandos, rotó comandantes, encarceló funcionarios militares y reforzó la vigilancia después de la rebelión de Yevgueni Prigozhin y el Grupo Wagner en junio de 2023. Y esto por algo lo hizo.
Aquella marcha hacia Moscú demostró, sin embargo, que una fuerza armada podía atravesar regiones rusas prácticamente sin resistencia y desafiar durante horas la autoridad presidencial.
Los altos mandos tienen motivos para estar incómodos: objetivos políticos cambiantes, pérdidas elevadas, interferencia del Kremlin en decisiones militares, dificultades logísticas, falta de oficiales experimentados y una campaña que no ofrece una victoria clara.
El descontento no tiene por qué manifestarse mediante un golpe clásico. Puede adoptar formas más sutiles: filtraciones, incumplimiento de órdenes, búsqueda de sucesores, alianzas entre servicios de inteligencia o abandono político del presidente durante una crisis.
En los sistemas personalistas, el líder está protegido mientras todos creen que seguirá siendo líder. Cuando aparece la duda, cada integrante del régimen comienza a preparar su propia supervivencia.
¿Puede haber un atentado contra Putin?
La posibilidad existe, pero no puede presentarse como un hecho probable sin evidencias.
Putin es uno de los mandatarios más protegidos del mundo. Sus desplazamientos, alimentos, residencias y comunicaciones están sometidos a rigurosos protocolos. Utiliza círculos de seguridad superpuestos, rutas variables, convoyes señuelo y controles estrictos sobre quienes tienen acceso físico a él.
El mayor riesgo no necesariamente provendría de un atacante exterior. Un atentado realmente eficaz requeriría información interna, acceso privilegiado o la complicidad de sectores del propio aparato de seguridad.
Eso no significa que exista actualmente una conspiración. Significa que, a medida que aumentan las pérdidas y se reduce la expectativa de una victoria, también crece el número de actores con razones para preguntarse si el sistema puede sobrevivir con Putin o si deberá sobrevivir sin él.
Un ataque ucraniano directo contra el presidente ruso sería extremadamente arriesgado. Podría provocar una escalada imprevisible, convertir a Putin en mártir y facilitar una respuesta todavía más brutal. Por eso, aunque Ucrania ha demostrado que puede alcanzar objetivos sensibles dentro de Rusia, no existe confirmación de que intente eliminar físicamente al mandatario.
La amenaza más seria para Putin continúa siendo interna: no un ciudadano aislado, sino una fractura entre quienes poseen armas, información y acceso al centro del poder.
El tiempo dejó de jugar exclusivamente a favor del Kremlin
Putin apostó a que Occidente se cansaría antes que Rusia. Puede que todavía espere divisiones en Europa, cambios políticos en Estados Unidos o una reducción de la ayuda a Kiev.
Pero el tiempo también desgasta al invasor.
Cada mes de guerra consume reservas, infraestructura, soldados y legitimidad. Cada refinería golpeada obliga a destinar defensas que faltarán en otro lugar. Cada restricción en Crimea desacredita la promesa de seguridad. Cada declaración empresarial demuestra que la economía civil paga el precio de la aventura militar.
Rusia conserva capacidad para continuar la guerra y causar un daño enorme. Eso no significa que esté ganando en el sentido que Putin prometió. Si los ataques de Ucrania al sector energético y de produccion continúan, es capacidad ira desapareciendo.
El verdadero peligro para el presidente ruso no es únicamente perder territorio o una batalla. Es que los rusos y, sobre todo, los integrantes de su propio régimen comiencen a percibir que la guerra ya no conduce a la grandeza, sino al agotamiento.
Cuando un líder autoritario pierde su aura de invulnerabilidad, el problema no es solamente su popularidad. Es su supervivencia.





