Roberto Saviano sostiene que el verdadero poder del narcotráfico contemporáneo ya no debe buscarse en los cadáveres, los tiroteos o los capos exhibidos por las series, sino en el dinero criminal que atraviesa bancos, estudios profesionales, constructoras, puertos, contratos públicos y propiedades hasta confundirse con la economía legal. En una extensa entrevista con Le Grand Continent, el autor de Gomorra advierte que la producción mundial de cocaína alcanzó niveles históricos, que Europa continúa atacando los síntomas mientras deja intacto el patrimonio mafioso y que el crimen organizado logró su mayor victoria cuando dejó de parecerse a la mafia.
París – 9 Agosto 2026 – Total News Agency – TNA.- Roberto Saviano, el escritor italiano que lleva dos décadas viviendo bajo protección policial después de revelar desde adentro el funcionamiento de la Camorra, lanzó una advertencia inquietante sobre la transformación del crimen organizado: mientras gobiernos, policías y medios siguen mirando asesinatos, cargamentos de cocaína y barrios dominados por narcotraficantes, el verdadero poder mafioso se desplaza silenciosamente hacia bancos, empresas, licitaciones públicas, inmobiliarias y profesionales capaces de convertir dinero criminal en riqueza aparentemente legítima.
La tesis atraviesa una extensa entrevista concedida por Saviano a Le Grand Continent, publicada el 2 de agosto por Baptiste Roger-Lacan y Florent Zemmouche, en la que el autor revisa cuánto cambió el narcotráfico desde la publicación de CeroCeroCero en 2014.
Su diagnóstico inicial es contundente: entonces la cocaína estaba “en todas partes”; ahora sigue estando en todas partes, pero es más barata y se produce en cantidades mucho mayores.
Los datos internacionales respaldan la tendencia. El Informe Mundial sobre Drogas 2026 de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) señala que la producción potencial mundial de cocaína alcanzó niveles récord y se multiplicó más de cuatro veces entre 2014 y 2024. También las incautaciones llegaron a máximos históricos.
Y allí aparece la primera paradoja señalada por Saviano: si las autoridades decomisan cantidades récord pero la droga no se vuelve más cara, el mercado está creciendo más rápido que la capacidad estatal para frenarlo.
En su comparación, confiscar toneladas mientras el precio permanece estable equivale a intentar “vaciar el océano a cucharadas”.
Pero la transformación más profunda no está solamente en el volumen.
Los viejos grandes carteles verticales fueron sustituidos progresivamente por estructuras más flexibles, redes de intermediarios y células capaces de reemplazarse unas a otras. Ecuador adquirió una importancia extraordinaria como nodo logístico; Amberes y Róterdam se consolidaron como puertas de entrada europeas; la ’Ndrangheta italiana funciona como una suerte de intermediario financiero y comercial del sistema; y las drogas sintéticas agregaron un negocio que ya no necesita plantaciones ni agricultores, sino laboratorios clandestinos y precursores químicos.
Sin embargo, para Saviano, el verdadero punto ciego está en otra parte.
Está en el dinero.
El escritor recupera el concepto de “Moneyland”, utilizado por el periodista británico Oliver Bullough para describir un territorio financiero sin fronteras donde las fortunas pueden desplazarse globalmente mientras las fiscalías, policías, jueces y regulaciones continúan esencialmente encerrados dentro de jurisdicciones nacionales.
El resultado es demoledor: según las cifras citadas por Saviano, apenas una fracción mínima del producto económico generado por la delincuencia termina efectivamente recuperada.
La burocracia antilavado produce millones de formularios, alertas, reportes bancarios y controles de cumplimiento, pero la capacidad de quitar a las organizaciones criminales el patrimonio que acumulan continúa siendo extraordinariamente limitada.
Para Saviano, allí se encuentra uno de los errores fundamentales de la política criminal contemporánea.
El Estado contabiliza kilos de cocaína incautados.
La mafia contabiliza empresas.
El Estado exhibe detenidos.
La mafia compra propiedades.
El Estado celebra operaciones policiales.
La mafia obtiene contratos públicos.
Y mientras una fotografía de un cadáver ocupa portadas, una sociedad comercial que incorpora millones de euros provenientes del narcotráfico puede pasar completamente inadvertida.
Ese razonamiento lleva al autor a rechazar otra expresión habitual en Europa: la supuesta “mexicanización” de determinados países, especialmente de Francia, donde el aumento de asesinatos vinculados al narcotráfico generó comparaciones con América Latina.
Para Saviano, observar solamente los muertos es exactamente lo que impide entender el fenómeno.
“El muerto es la única parte del tráfico de drogas que acepta dejarse fotografiar”, sostiene en la entrevista.
Su razonamiento es provocador pero preciso: una organización que necesita matar permanentemente todavía está disputando territorio, rutas o mercados. La violencia puede ser enorme, pero también revela conflicto e inestabilidad.
Cuando el sistema criminal alcanza verdadera madurez, afirma, el arma puede ser sustituida por un contrato.
La sangre disminuye y aumenta el dinero.
De allí surge una de las frases centrales del reportaje: las mafias no deben medirse por la cantidad de muertos que producen, sino por el patrimonio que consiguen blanquear. Los asesinatos representan lo que el negocio criminal pierde; el lavado representa lo que gana.
El caso francés utilizado por Saviano resulta especialmente ilustrativo.
Durante décadas, señala, Francia consiguió mirar la French Connection —la gigantesca red que transformó a Marsella en un centro mundial de procesamiento de heroína— como si siempre perteneciera a otros: corsos, italianos, magrebíes, albaneses o eslavos.
Pero la droga podía ser extranjera.
El dinero necesariamente debía volverse local.
Para blanquear capital hacen falta escribanos, contadores, entidades financieras, propiedades, sociedades, permisos, catastros, obras públicas y contratos. En algún momento, el dinero ilegal necesita atravesar la economía legal.
La Comisión de Investigación del Senado francés dedicada a la delincuencia financiera llegó en 2025 a una conclusión coincidente: el lavado constituye una amenaza económica, social y democrática de enorme escala y requiere una estrategia que vaya mucho más allá de la persecución policial tradicional.
Saviano cita estimaciones de decenas de miles de millones de euros anuales vinculados con blanqueo de capitales solamente en Francia, cifras muy superiores al volumen estimado del propio mercado nacional de drogas.
Una investigación francesa mencionada en la entrevista ofrece una radiografía concreta.
En junio pasado, autoridades de Marsella desarticularon una red que presuntamente utilizaba empresas reales del sector de la construcción para reciclar fondos ilícitos. Las compañías podían presentarse a licitaciones con precios hasta 25, 30 o 40 por ciento inferiores a los del mercado.
No necesitaban ganar dinero construyendo.
El beneficio ya había sido obtenido en otra actividad.
La obra servía para transformar el origen del capital.
El mecanismo produce además una segunda consecuencia: destruye a las empresas legítimas que no pueden competir contra quien está dispuesto a perder dinero en un contrato público porque utiliza esa pérdida como costo del lavado.
Para Saviano, esa es una forma mucho más avanzada de penetración mafiosa que el hombre armado en una esquina.
Y también mucho más difícil de combatir.
En América Latina, señala, determinadas organizaciones llegaron a erosionar el monopolio estatal de la fuerza mediante territorios controlados, policías infiltradas, homicidios masivos y asesinatos políticos.
En buena parte de Europa ocurre algo distinto.
Las mafias no necesitan enfrentarse con el Estado.
Lo atraviesan.
Penetran puertos, obras, logística, contratación pública y circuitos financieros.
Por eso Saviano cuestiona también la idea de que un gobierno más autoritario sea necesariamente más eficaz contra las organizaciones criminales.
Su argumento es que las mafias no temen fundamentalmente a un Estado que encarcela más personas.
Temen a un Estado capaz de seguir el dinero.
Lo que realmente compromete sus estructuras, sostiene, es una Justicia independiente, investigaciones patrimoniales, decomisos amplios, transparencia en las contrataciones y periodistas capaces de investigar relaciones entre capital criminal, poder económico y política.
Su referencia crítica incluye al modelo de Nayib Bukele en El Salvador.
Saviano reconoce la reducción de los homicidios lograda mediante encarcelamientos masivos y estado de excepción, pero sostiene que ese resultado no demuestra por sí mismo que hayan sido destruidos los circuitos de tráfico ni, principalmente, las estructuras de lavado.
Su formulación es directa: se puede detener la calle y dejar intacto el capital.
Frente a ello coloca la experiencia italiana.
Italia desarrolló durante décadas una legislación específica que permite perseguir la asociación mafiosa como estructura y no solamente los delitos individuales cometidos por sus integrantes.
Las herramientas fueron construidas después de asesinatos que marcaron profundamente al país: Pio La Torre, Giovanni Falcone, Paolo Borsellino y otros funcionarios, magistrados y policías pagaron con sus vidas el enfrentamiento contra Cosa Nostra y otras organizaciones.
“Detrás de cada instrumento legislativo italiano se esconde un ataúd”, resume Saviano.
La lección italiana consiste fundamentalmente en atacar el patrimonio.
Un jefe mafioso puede permanecer preso durante décadas.
Si conserva empresas, propiedades, testaferros, cuentas y capacidad económica, puede seguir manteniendo influencia.
Por eso la confiscación, la administración judicial de compañías y la investigación de activos son herramientas centrales.
Saviano lleva esa lectura todavía más lejos al analizar la relación entre crimen y economía contemporánea.
Sostiene que ya no basta con afirmar que las mafias se incorporaron al capitalismo.
En algunos sectores ocurrió también el movimiento inverso: partes de la economía legal comenzaron a comportarse mediante lógicas propias de las organizaciones criminales.
El dinero ilícito ofrece una ventaja que los bancos tradicionales no poseen: liquidez inmediata, ausencia de controles, escasa preocupación por garantías y disponibilidad precisamente cuando las empresas atraviesan dificultades.
Durante una crisis económica, el capital mafioso puede llegar antes que el crédito bancario.
Y una vez aceptado ese dinero, la frontera entre empresa legal y economía criminal empieza a desaparecer.
Es posiblemente la afirmación más incómoda de toda la entrevista.
La mafia moderna no siempre necesita infiltrarse clandestinamente en la economía.
Puede ser invitada.
También allí Saviano encuentra el motivo por el cual las películas y series sobre narcotraficantes pueden terminar distorsionando la percepción pública.
El público recibe al capo, las armas, el automóvil, el asesinato y el lujo.
Pero la maquinaria real está compuesta muchas veces por personajes infinitamente menos cinematográficos: un contador, una factura inflada, un transportista, una compañía registrada en Malta, una constructora, un intermediario o un escribano.
El monstruo espectacular puede terminar funcionando como coartada.
Mientras todos miran al narcotraficante, nadie mira suficientemente a quienes convierten su dinero en respetabilidad.
Después de veinte años denunciando esos mecanismos, el costo personal para Saviano aparece también en el final del reportaje.
Consultado sobre si volvería a escribir los libros que lo convirtieron en una figura mundial y simultáneamente en objetivo permanente de la Camorra, respondió que no.
No porque reniegue de lo publicado.
Sino porque considera demasiado alto el precio pagado por él y por su familia.
“Yo llevo 20 años estancado y mi familia se ha desmoronado”, afirma.
Las palabras adquieren especial peso porque provienen del autor de Gomorra, un libro que modificó mundialmente la manera de observar a la mafia napolitana y que obligó a su autor a vivir protegido desde 2006.
Su conclusión resulta mucho menos cinematográfica que las historias que inspiró.
El gran triunfo de las mafias modernas no consiste en controlar cada esquina a punta de pistola.
Consiste en conseguir que su dinero ya no parezca criminal.
Cuando una fortuna proveniente de cocaína termina convertida en una empresa, un edificio, un contrato público o una inversión aparentemente respetable, el narcotráfico ha logrado algo mucho más poderoso que trasladar droga de un continente a otro.
Ha conseguido transformar delito en patrimonio.
Y, cuando eso ocurre, la mafia deja de parecerse a la mafia.
Fuentes consultadas: entrevista a Roberto Saviano publicada por Le Grand Continent el 2 de agosto de 2026; UNODC – World Drug Report 2026; Senado de Francia, Comisión de Investigación sobre Delincuencia Financiera; documentación y estadísticas oficiales europeas sobre narcotráfico y lavado de activos.





