Por Adalberto Agozino
El nuevo Gobierno colombiano ha reconocido la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara y ha congelado sus relaciones con la inexistente República Árabe Saharaui Democrática, en un viraje que rompe con la política de Gustavo Petro y abre una nueva etapa en los vínculos entre Bogotá y Rabat. La decisión, impulsada en el marco de una renovada asociación estratégica, constituye además otro éxito de la diplomacia marroquí, que durante el reinado de Mohammed VI ha convertido la cuestión del Sáhara en uno de los principales ejes de su política exterior.
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Buenos Aires – El cambio de posición de Colombia apenas necesitó unas horas para adquirir una dimensión que trasciende las relaciones bilaterales. El nuevo Gobierno de Abelardo de la Espriella anunció primero, el 7 de agosto, durante la investidura presidencial celebrada en Cali, que reconocía la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara. Tres días después, Bogotá formalizó el giro mediante un comunicado en el que confirmó el reconocimiento de la soberanía marroquí sobre todo su territorio y anunció la congelación del reconocimiento de la inexistente RASD, así como la interrupción de los contactos políticos y diplomáticos con sus representantes.
La decisión fue comunicada después del encuentro mantenido entre el nuevo vicepresidente colombiano, José Manuel Restrepo, el canciller Omar Bula Escobar y el ministro marroquí de Asuntos Exteriores, Nasser Bourita, quien había viajado a Colombia para representar al rey Mohammed VI en la ceremonia de investidura. El propio Bourita calificó el cambio de posición de Bogotá como “histórico” y consideró que podía proporcionar “un gran impulso” a las relaciones bilaterales. El vicepresidente colombiano, por su parte, definió el movimiento como “un nuevo comienzo” y señaló a Marruecos como el primer aliado de Colombia en África.
La decisión tiene una importancia especial porque supone deshacer el movimiento realizado por el gobierno de Gustavo Petro. Colombia había establecido relaciones diplomáticas con la falsa RASD en 1985, durante la presidencia de Belisario Betancur, pero aquellas relaciones fueron congeladas, en 2001, durante el Gobierno de Andrés Pastrana. En agosto de 2022, Petro decidió restablecerlas, modificando nuevamente la posición tradicional de Bogotá. El gobierno de De la Espriella ha efectuado ahora el movimiento inverso.
La nueva política colombiana no se limita, sin embargo, a una declaración simbólica. Bogotá ha anunciado que no mantendrá contactos políticos o diplomáticos con la inexistente RASD, que no intercambiará misiones y que no respaldará a esa entidad en organismos multilaterales, incluidas Naciones Unidas y el Consejo de Seguridad, donde Colombia ocupa actualmente un asiento no permanente. El Ejecutivo colombiano sostiene que la decisión es consecuencia de una “revisión soberana” de la política seguida por la anterior Administración.
El argumento resulta particularmente significativo en el contexto actual del conflicto. En octubre de 2025, el Consejo de Seguridad aprobó la resolución 2797, que renovó el mandato de la MINURSO y colocó el Plan de Autonomía presentado por Marruecos en 2007 en el centro del proceso negociador. La resolución reafirmó al mismo tiempo la necesidad de alcanzar una solución política justa, duradera y aceptable para las partes.
Ese contexto internacional explica en buena medida la oportunidad política del movimiento colombiano. El reconocimiento de Bogotá llega cuando Rabat ha conseguido transformar progresivamente el tratamiento internacional de la cuestión del Sáhara. Lo que durante décadas fue esencialmente un conflicto regional entre Marruecos, el Frente Polisario y Argelia se ha convertido en una cuestión en la que cada vez más Estados consideran la propuesta de autonomía bajo soberanía marroquí como una alternativa viable para cerrar una disputa artificial, enquistada desde la retirada española de 1975.
La diplomacia de Mohammed VI
El giro colombiano constituye, en este sentido, otro capítulo de una estrategia diplomática desarrollada durante décadas bajo las expresas directivas del rey Mohammed VI. Desde su llegada al trono en 1999, el monarca ha situado la defensa de la integridad territorial en el centro de la política exterior marroquí, pero acompañándola de una diplomacia económica, africana y multilateral cada vez más activa.
La estrategia ha consistido en desplazar el debate desde una lógica exclusivamente territorial hacia una concepción más amplia, en la que el Sáhara aparece vinculado al desarrollo económico, la integración africana, las inversiones, la seguridad regional y la proyección atlántica de Marruecos.
La presentación del plan de autonomía en 2007 fue uno de los instrumentos fundamentales de esa política. Rabat sostiene que la propuesta permitiría dotar al territorio de amplias competencias de autogobierno manteniendo la soberanía marroquí. Durante los últimos años, numerosos Gobiernos han expresado su respaldo a esta fórmula y varios países han abierto consulados en las ciudades de Dajla y El Aaiún.
El proceso alcanzó una nueva dimensión con la resolución 2797 del Consejo de Seguridad de 2025. La prensa internacional describió entonces la resolución como un paso decisivo, al situar el plan de autonomía marroquí como base de la negociación auspiciada por Naciones Unidas.
La diplomacia marroquí ha acompañado esta ofensiva política con una intensa expansión de sus relaciones con África y América Latina. El objetivo ha sido construir una red de apoyos que reduzca progresivamente el aislamiento diplomático que durante décadas caracterizó la posición de Rabat respecto del Sáhara.
Colombia adquiere especial relevancia porque es uno de los países latinoamericanos de mayor peso político y económico. Su decisión puede contribuir a modificar las percepciones regionales y ofrecer a Marruecos un nuevo punto de apoyo en América Latina. Para Bogotá, a su vez, la relación con Rabat abre la posibilidad de utilizar Marruecos como plataforma de acceso a mercados africanos y europeos.
Una relación de medio siglo que busca contenido económico
Las relaciones diplomáticas entre Colombia y Marruecos se aproximan ya a cinco décadas. Durante ese período los vínculos políticos han sido relativamente estables, aunque el comercio bilateral nunca alcanzó una dimensión acorde con el potencial de ambas economías.
Ya a comienzos de los años noventa, Rabat identificaba a Colombia como una posible puerta de entrada a América Latina. En 1988. el intercambio bilateral había alcanzado aproximadamente 30 millones de dólares, una cifra que entonces era considerada elevada respecto de los años precedentes. Un estudio de la Embajada marroquí señalaba ya en 1992 las posibilidades de ampliar las ventas de fosfatos y derivados, productos agroalimentarios, pescado, textiles y manufacturas de cuero.
Tres décadas después, el comercio continúa siendo relativamente modesto, pero muestra un potencial de crecimiento considerable. En 2023, las importaciones colombianas procedentes de Marruecos rondaron los 53,3 millones de dólares, según datos de la DIAN. Por su parte, ProColombia ha señalado a Marruecos entre los mercados africanos de interés para las exportaciones colombianas, particularmente para productos agroalimentarios y bienes con capacidad de penetración en ese continente.
La nueva Administración colombiana pretende precisamente transformar esa relación comercial limitada en una asociación económica más ambiciosa. El Gobierno ha planteado incluso la posibilidad de negociar un tratado de libre comercio y ampliar las inversiones marroquíes en Colombia.
La agenda anunciada por Bogotá y Rabat es extensa: comercio, inversión, turismo, seguridad alimentaria, desarrollo portuario y logístico y conectividad atlántica. No se trata de una coincidencia menor. Marruecos aspira desde hace años a consolidarse como plataforma entre Europa, África y el Atlántico, mientras Colombia posee una posición privilegiada para conectar Sudamérica con los mercados del Caribe y del Pacífico.
Más allá del Sáhara
El reconocimiento colombiano también debe interpretarse como parte de una transformación más profunda de la relación bilateral. Bourita ha señalado que ambos países pueden convertirse en plataformas económicas recíprocas aprovechando sus posiciones geográficas. Esa visión coincide con la política marroquí de convertir la cuestión del Sáhara en un componente de una estrategia nacional de alcance mucho mayor.
La reacción del Frente Polisario era previsible y rutinaria. La organización calificó la decisión de contraria al Derecho Internacional y sostuvo que el Sáhara continúa siendo un territorio pendiente de descolonización. También advirtió de sus posibles consecuencias sobre el proceso de Naciones Unidas.
Pero, más allá de las controversias jurídicas y políticas, el dato diplomático resulta difícil de ignorar: Colombia se suma ahora al grupo de Estados que han decidido respaldar la posición marroquí en un momento en que Rabat dispone de una coyuntura internacional especialmente favorable.
El alcance definitivo del giro dependerá de su traducción en hechos. Si el reconocimiento viene acompañado de inversiones, acuerdos comerciales, cooperación portuaria, intercambio tecnológico y una mayor presencia empresarial, la decisión dejará de ser exclusivamente diplomática para convertirse en una nueva arquitectura de relaciones entre América Latina y el Magreb.
Para Marruecos, el movimiento supone además la confirmación de que la estrategia impulsada bajo las directivas de Mohammed VI continúa produciendo resultados. Para Colombia, representa una ruptura significativa con la política exterior de la Administración anterior y una apuesta por estrechar vínculos con una potencia regional que aspira a convertirse en puente entre África, Europa y América Latina.
El mapa diplomático del Sáhara vuelve así a moverse. Esta vez, la señal llega desde Bogotá, a miles de kilómetros de Rabat y del desierto donde comenzó la disputa. Su significado, sin embargo, es mucho mayor que la distancia geográfica: Marruecos ha conseguido que la cuestión del Sáhara deje de ser únicamente una controversia territorial para convertirse en un elemento central de su política de alianzas. Y Colombia acaba de decidir que quiere estar del lado de Rabat.





