Por Redaccion TNA
Donald Trump anunció un acuerdo que otorgará a Estados Unidos control mayoritario sobre más de 65.000 millones de barriles de reservas probadas de Venezuela, cerca de una quinta parte de la riqueza petrolera del país con mayores reservas del mundo. El pacto adquiere una dimensión estratégica adicional por la crisis del estrecho de Ormuz: mientras China, el mayor importador mundial de crudo, sufre la interrupción de sus proveedores del Golfo Pérsico, Washington dispone de producción propia y busca consolidar alrededor de Estados Unidos, Canadá, Guyana y Venezuela un gigantesco cinturón energético occidental menos vulnerable a los grandes cuellos de botella marítimos asiáticos.
Washington – 29 de agosto de 2026 – Total News Agency – TNA – El presidente Donald Trump anunció lo que calificó como “el mayor acuerdo petrolero de la historia mundial”: Estados Unidos tendrá control mayoritario sobre más de 65.000 millones de barriles de reservas probadas venezolanas, una operación que modificaría profundamente la relación con Caracas y podría convertirse además en una pieza relevante de la competencia estratégica entre Washington y China.
El acuerdo fue negociado con la presidenta interina Delcy Rodríguez y contempla participación de compañías privadas, inversiones proyectadas cercanas a US$100.000 millones y el desarrollo de campos de la Faja del Orinoco y el Lago de Maracaibo. Trump sostiene que la operación no implicará costos para los contribuyentes estadounidenses y que permitirá reforzar las reservas energéticas de su país y contribuir a reducir el precio de los combustibles.
La magnitud resulta extraordinaria. Venezuela posee alrededor de 300.000 millones de barriles de reservas probadas, pero produce muy por debajo de su potencial después de décadas de deterioro de PDVSA, desinversión, corrupción, expropiaciones y sanciones. El desafío será convertir rápidamente riqueza geológica en producción efectiva porque el petróleo pesado venezolano necesita mejoradores, oleoductos, electricidad, terminales y gigantescas inversiones antes de alcanzar nuevamente varios millones de barriles diarios.
Pero el anuncio ocurre en un momento que transforma su significado. Irán mantiene severamente restringido el estrecho de Ormuz, por donde antes de la actual guerra circulaba aproximadamente una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado comercializados mundialmente. Teherán volvió a afirmar este viernes que mantiene el “control total” del paso y que las restricciones continuarán mientras persista el conflicto con Estados Unidos.
El principal perjudicado estructural por esa situación es China. Aproximadamente 89% del crudo y condensado que atravesaba Ormuz tenía como destino Asia, y China, India, Japón y Corea del Sur concentraban casi tres cuartas partes del tránsito. Estados Unidos, en cambio, recibía a través del estrecho volúmenes equivalentes a apenas alrededor del 2% de su consumo total de líquidos petroleros, una vulnerabilidad considerablemente menor gracias al extraordinario crecimiento de su producción doméstica.
Las consecuencias ya aparecen en las estadísticas chinas. Durante el segundo trimestre de 2026, las importaciones de crudo de Beijing descendieron a 8,1 millones de barriles diarios, 32% menos que durante los primeros tres meses del año. En mayo y junio cayeron por debajo de ocho millones diarios por primera vez desde 2016 y las refinerías debieron recurrir parcialmente a inventarios acumulados previamente.
China posee enormes reservas estratégicas y mantiene oleoductos terrestres desde Rusia y Asia Central, por lo que una crisis de Ormuz no significa que vaya a quedarse inmediatamente sin petróleo. Sin embargo, sustituir varios millones de barriles transportados por mar es mucho más difícil. Sinopec ya anunció que aumentará compras fuera del Golfo, especialmente en Brasil y África, mientras Arabia Saudita intenta colocar cargamentos destinados a China mediante rutas y operaciones que evitan parcialmente el estrecho.
La vulnerabilidad china posee además otra dimensión. Gran parte del petróleo que llega desde Medio Oriente debe atravesar después otros pasos marítimos sensibles, especialmente Malaca, antes de alcanzar los puertos chinos. Beijing lleva años tratando de reducir ese denominado “dilema de Malaca” mediante oleoductos, inversiones en Rusia, Myanmar y Asia Central y acumulación de reservas, pero su enorme economía continúa dependiendo fundamentalmente del transporte marítimo.
Allí el acuerdo venezolano adquiere un valor que excede ampliamente el precio de cada barril. Estados Unidos es uno de los mayores productores mundiales, tiene a Canadá como proveedor inmediato, dispone del crecimiento petrolero de Guyana dentro del Caribe y ahora pretende asegurar acceso privilegiado a una parte gigantesca de Venezuela. Al mismo tiempo, Brasil continúa expandiendo su producción offshore. El resultado potencial es una suerte de fortaleza energética hemisférica, mucho menos dependiente de Ormuz que las grandes economías asiáticas.
Washington no queda indemne frente a la crisis. El encarecimiento internacional del petróleo aumenta el precio de la gasolina estadounidense, golpea la inflación y amenaza electoralmente a Trump. Estados Unidos necesita, por lo tanto, que la presión sobre Irán no desemboque en una escasez mundial permanente. Pero existe una diferencia estratégica fundamental: el petróleo caro constituye para Washington principalmente un problema económico; para Beijing puede convertirse además en un problema físico de abastecimiento y seguridad nacional.
La presión estadounidense sobre las exportaciones iraníes profundiza esa asimetría. China fue durante años el principal comprador de Teherán, pero sus adquisiciones provisionales de petróleo iraní descendieron en agosto a alrededor de 534.000 barriles diarios, desde picos cercanos a 1,58 millones a comienzos de 2026. Washington amenaza además con sanciones secundarias contra refinadores y entidades financieras que continúen facilitando ese comercio.
El nuevo esquema venezolano podría terminar integrándose, así, a una estrategia más amplia de Trump. La Casa Blanca necesita petróleo cercano y abundante para contener los precios, reconstruir sus reservas estratégicas y reducir la dependencia de regiones políticamente inestables; simultáneamente, controlar mayor oferta dentro del hemisferio occidental fortalece su posición frente a una China obligada a importar enormes cantidades mediante largas rutas marítimas.
La paradoja histórica para Caracas resulta difícil de ignorar. El chavismo de Hugo Chávez nacionalizó y expropió activos extranjeros en nombre de la soberanía petrolera, mientras la Venezuela que emerge después de la captura de Nicolás Maduro necesita capital estadounidense para recuperar precisamente esa industria. Delcy Rodríguez define el acuerdo como instrumento para el “renacimiento” nacional; Trump lo presenta como garantía de petróleo barato para Estados Unidos.
En medio queda China, que durante años aprovechó el aislamiento venezolano e iraní para asegurarse crudo con descuentos y ampliar su influencia política. Si Washington logra consolidar su acceso a las reservas venezolanas mientras mantiene restringidas las exportaciones de Irán, la competencia energética comienza a mostrar una diferencia incómoda para Beijing: China necesita atravesar algunos de los pasos marítimos más peligrosos del planeta para alimentar su economía; Estados Unidos está intentando reunir una proporción creciente de la energía que necesita dentro de su propio hemisferio.
Fuentes consultadas: Reuters; U.S. Energy Information Administration; OPEP; Departamento de Estado de Estados Unidos; PDVSA.
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