Por RR
Buenos Aires – 29 de agosto de 2026 – Total News Agency – TNA – Hay un momento, difícil de precisar, en que algunos presidentes dejan de gobernar simplemente un país y comienzan a administrar también la temperatura ambiente, la iluminación, los ruidos de las cucharitas, la dirección de las miradas y, en casos extremos, hasta la vejiga de sus ministros. Es una evolución fascinante de la condición humana: uno comienza prometiendo transformar la Nación y termina preocupado porque alguien revuelva el café mientras habla.
Javier Milei parece haber ingresado definitivamente en esa etapa superior del poder.
Las reuniones de Gabinete tienen ahora un reglamento que haría sentir liberal a un monasterio trapense. Los postigos del Salón Eva Perón deben permanecer cerrados porque el Presidente padece fotofobia; el aire acondicionado tiene que marcar 16 grados, incluso cuando Buenos Aires atraviesa el invierno; los celulares quedan afuera; los mozos pueden ingresar con el café antes de comenzar y luego deben evaporarse, probablemente hacia una dimensión paralela donde todavía existe libertad ambulatoria.
Pero la disposición más maravillosa es la de las cucharitas.
Los ministros deben revolver el café antes de que Milei comience a hablar porque el tintinear del metal contra la porcelana aparentemente perturba la concentración presidencial. Es comprensible. Gobernar un país con inflación, vencimientos de deuda, caída del consumo, conflictos legislativos, gobernadores, sindicalistas, empresarios y una oposición esperando que uno tropiece debe resultar bastante complicado como para encima soportar un cling-cling proveniente del pocillo de Luis Caputo.
La República puede esperar. La cucharita, no.
Después viene la disciplina horaria. Los remolones no ingresan. Si saliste, perdiste, no volves a ingresar. Santiago Caputo habría comprobado personalmente el funcionamiento de este pequeño Checkpoint Charlie libertario cuando apareció por la Casa Rosada después de iniciada la reunión y quedó fuera del cónclave.
Hasta aquí podría hablarse simplemente de puntualidad germánica aplicada al anarcocapitalismo criollo. Pero existe una regla adicional: durante la reunión nadie puede ir al baño.
Ahí la teoría política encuentra finalmente sus límites.
Locke escribió sobre la propiedad. Montesquieu dividió los poderes. Hayek explicó el orden espontáneo. Milei aportó su propia innovación institucional: la suspensión temporal del aparato urinario.
Tres horas de reunión ministerial adquieren así una dimensión heroica. Uno imagina a los integrantes del Gabinete siguiendo gráficos de morosidad mientras realizan mentalmente cálculos mucho más urgentes. El Presidente explica la evolución de M2, alguno observa el déficit cero y otro descubre que la verdadera restricción presupuestaria está en su vejiga.
Quizá sea ésta la auténtica prueba de fidelidad libertaria: demostrar que el individuo puede prescindir del Estado y también del baño.
No conviene, sin embargo, burlarse demasiado. La Argentina posee una rica tradición presidencial en materia de liturgias personales. Cristina Fernández de Kirchner también había construido alrededor suyo una pequeña corte con reglas que parecían extraídas alternativamente de Versalles y de un laboratorio bacteriológico.
Trabajadores de la Casa Rosada describieron durante años corredores despejados cuando pasaba la entonces presidente, accesos controlados, funcionarios y empleados que procuraban no cruzarse inesperadamente con ella y una distancia ceremonial que convertía algunos encuentros fortuitos en experiencias cercanas a una aparición mariana.
Circuló incluso la famosa versión según la cual no debía mirársela directamente a los ojos. Varios la confirmaban.
Nunca pudo probarse que existiera una resolución administrativa titulada “Prohíbese mirar a Cristina”, y antiguos empleados relativizaron la existencia de una orden formal. Pero las leyendas palaciegas rara vez nacen completamente de la nada. Lo comprobable es que el personal aprendió rápidamente una regla más elemental: saludar, correrse y no confundir trabajar en la Presidencia con pertenecer al círculo de confianza de la Presidente.
Cristina cultivaba además una relación casi religiosa con el alcohol en gel. Después de actos, apretones de manos y contactos con las masas populares —aquellas mismas masas cuya felicidad constituía teóricamente la razón de ser del proyecto nacional y popular— llegaba el momento de una cuidadosa higienización.
El pueblo era maravilloso.
Sus microorganismos, aparentemente, menos.
Había también agua especialmente seleccionada de origen foráneo, circuitos personales, tiempos propios y una organización destinada a minimizar aquello que todo gobernante termina considerando una desagradable consecuencia del cargo: la existencia física de otros seres humanos.
Milei y Cristina podrían parecer políticamente ubicados en planetas opuestos, pero el poder posee una capacidad extraordinaria para producir coincidencias.
Una necesitaba distancia. El otro necesita silencio.
Una prefería corredores despejados. El otro puertas cerradas.
Una se higienizaba después del contacto humano. El otro congela a sus ministros a 16 grados.
Con Cristina el problema podía ser mirarla. Con Milei, revolver el café.
Y ambos ofrecen una enseñanza bastante menos ideológica: cuando alrededor de un presidente demasiadas personas comienzan a modificar comportamientos cotidianos para no irritarlo, el asunto deja de ser una simple manía personal y empieza a convertirse en una característica del ejercicio del poder.
Eso importa porque los ministros no son empleados domésticos presidenciales. Deberían estar allí para discutir, contradecir, advertir y, llegado el caso, decirle al jefe del Estado que está equivocado.
Si un funcionario dedica parte de su energía a recordar que no puede hacer sonar la cucharita, que tiene que llegar exactamente a horario, que no puede levantarse ni siquiera para una necesidad fisiológica y que cualquier movimiento inoportuno puede molestar al Presidente, quizás quede algo menos de espacio mental disponible para decir: “Javier, esto no está funcionando”.
Y justamente Patricia Bullrich parece haber elegido ese desagradable deporte.
Mientras Milei defendía ante el Gabinete la consistencia de su programa económico, Bullrich insistió en la necesidad de comprender lo que ocurre fuera del Salón Eva Perón. Habló de empatía, consumo, dificultades sociales y percepción ciudadana.
Es decir, mientras el Presidente pedía cerrar los postigos, Bullrich pretendía metafóricamente abrir una ventana.
No parece casual.
Milei atraviesa una etapa en la que se siente incomprendido. Por la sociedad, por empresarios, por periodistas, por economistas, por políticos y seguramente por algunas cucharitas. La sensación de tener razón frente a un universo incapaz de comprenderla constituye una tentación peligrosísima para cualquier gobernante.
Cristina la conoció perfectamente.
Cuando algo salía mal, nunca era el modelo. Eran los mercados, los medios hegemónicos, los fondos buitre, los empresarios, la Justicia, el campo, Estados Unidos o alguna conspiración particularmente madrugadora.
Milei corre un riesgo parecido desde la vereda ideológica inversa. El déficit puede haber desaparecido, la inflación puede haber descendido y la macroeconomía puede mostrar avances indiscutibles, pero una sociedad no vive dentro de una planilla Excel. Si una parte considerable de la población siente que todavía no llega a fin de mes, explicarle que técnicamente debería estar más contenta suele ser una estrategia electoral de resultados inciertos. Que hubo avances macro económicos es indiscutible, pero los ciudadanos de a pie, tienen necesidades urgentes. ¿Si a un ministro no se le permite ir al baño, se entienden las necesidades de un “plebeyo”?
La política tiene esa desagradable costumbre de introducir seres humanos dentro de modelos perfectos.
Y los seres humanos comen, pagan cuotas, pierden empleos, se endeudan, votan y —detalle que conviene no olvidar— van al baño.
Hay algo profundamente argentino en estos rituales presidenciales. Llegamos periódicamente a la Casa Rosada prometiendo destruir los privilegios de quienes estuvieron antes y, meses después, ya hemos desarrollado una nueva liturgia para que nadie moleste al ocupante del despacho principal.
La ideología cambia; la corte permanece.
El menemismo tuvo la Ferrari y los rituales del glamour.
El kirchnerismo tuvo el atril, las cadenas nacionales y la liturgia de la obediencia.
El mileísmo tiene oscuridad, aire acondicionado polar y cucharitas en estado de sitio.
Cada poder encuentra su utilería.
Tal vez dentro de cien años los historiadores estudien estos tiempos y descubran que nuestras grandes crisis políticas podían comprenderse observando pequeños detalles. No necesitarán leer miles de decretos: bastará saber qué cosas podían hacer libremente los funcionarios delante del Presidente.
En una democracia adulta, un ministro debería poder mirar al jefe del Estado a los ojos, contradecirlo, hacer sonar accidentalmente una cucharita y, en caso de extrema necesidad, levantarse para ir al baño sin provocar una crisis institucional.
No parece un programa revolucionario.
Pero en la Argentina, a veces, la normalidad ha sido siempre la utopía más difícil de alcanzar.
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