Londres, 2 de abril de 2026-Total News Agency-TNA- La crisis en el estrecho de Ormuz entró este jueves en una nueva fase de presión internacional luego de que cerca de 40 países se reunieran en una cumbre virtual convocada por el Reino Unido para exigir a Irán la reapertura “inmediata e incondicional” de uno de los pasos marítimos más sensibles del planeta. La reunión, encabezada por la canciller británica Yvette Cooper, dejó un mensaje político muy claro: las principales economías afectadas por la interrupción del tránsito petrolero ya no están dispuestas a tolerar que Teherán utilice esa vía estratégica como instrumento de coerción global. Según la declaración británica difundida tras el encuentro, los países participantes coincidieron en aumentar la presión diplomática y estudiar medidas económicas y políticas coordinadas, incluidas sanciones, si el paso sigue cerrado.
La dureza del pronunciamiento no fue casual. Por Ormuz transita normalmente cerca de una quinta parte del consumo mundial de petróleo, de modo que cualquier interrupción en ese corredor repercute de inmediato sobre precios, fletes, seguros, inflación y abastecimiento energético. Ese impacto ya empezó a sentirse con fuerza: durante la jornada, el Brent subió 7,2% hasta los 108,48 dólares por barril y el WTI avanzó 11,6% hasta 111,73 dólares, en medio de la creciente percepción de que el conflicto puede extenderse y que la reapertura del estrecho no será inmediata. A esta altura, el bloqueo dejó de ser un problema regional y se transformó en un factor de inestabilidad para hogares, empresas y mercados de todo el mundo.
Desde Londres, Cooper acusó a Irán de intentar tomar como rehén a la economía global y remarcó que la libertad de navegación y el respeto por el derecho del mar no pueden quedar sometidos al cálculo militar o político de la República Islámica. La declaración oficial británica precisó, además, que los países debatieron cuatro líneas de acción: elevar la presión diplomática, incluso en el ámbito de la ONU; explorar sanciones y otras medidas de castigo si el cierre persiste; coordinarse con la Organización Marítima Internacional para liberar a miles de buques y tripulaciones atrapados; y generar mecanismos conjuntos que devuelvan previsibilidad al mercado naviero y energético. En paralelo, Reuters informó que la siguiente etapa será una reunión de planificadores militares la semana próxima para analizar opciones como eventuales tareas de desminado y una fuerza de “reaseguro” para el tráfico comercial.
El cuadro geopolítico también exhibe una novedad de peso: Estados Unidos no participó del encuentro, después de que Donald Trump reclamara públicamente que sean otros países, especialmente los más dependientes de esa ruta, los que asuman la tarea de garantizar su reapertura. Esa postura empujó a Europa, socios asiáticos y países del Golfo a acelerar una respuesta propia, aunque sin consenso pleno sobre el uso de la fuerza. De hecho, el presidente francés Emmanuel Macron sostuvo este jueves que una reapertura militar del estrecho sería “irrealista”, por el riesgo de exponer a los buques a la amenaza costera de la Guardia Revolucionaria y a ataques con misiles. Esa diferencia de criterios muestra que la comunidad internacional comparte el diagnóstico sobre la gravedad del problema, pero todavía no una receta única para resolverlo.
Mientras tanto, Irán sigue jugando al filo. La virtual paralización de Ormuz, adoptada como represalia tras la escalada bélica iniciada el 28 de febrero, ya alteró el flujo energético global y obligó a productores, mercados y gobiernos a recalcular escenarios. El trasfondo es tan delicado que J.P. Morgan advirtió que el petróleo podría trepar por encima de los 150 dólares si la interrupción se prolonga hasta mediados de mayo, una señal del nivel de nerviosismo que domina hoy a los operadores. En ese contexto, la cumbre impulsada por el Reino Unido buscó fijar una línea roja: el mundo puede discutir cómo, pero ya decidió que no aceptará que el estrecho siga clausurado por tiempo indefinido. Y si Teherán insiste en sostener el bloqueo, la pulseada ya no será sólo diplomática: pasará también por sanciones, presión coordinada y un rediseño de la seguridad marítima internacional en una de las arterias más calientes del planeta.





