Buenos Aires – 17 Julio 2026 – Total News Agency – TNA-. La historia de Augusto Ulderico “Pirincho” Cicaré suele presentarse en las redes sociales como la del hombre que construyó “el primer helicóptero argentino”. La frase necesita una precisión histórica: su Cicaré CH-1 no fue el primer helicóptero concebido por un argentino ni el primero de la historia, pero sí fue una de las primeras aeronaves de alas rotativas íntegramente diseñadas y construidas en el país y es reconocido como el primer helicóptero desarrollado y fabricado en Sudamérica.
Mucho antes, el argentino Raúl Pateras Pescara de Castelluccio, nacido en Buenos Aires en 1890, había experimentado con aeronaves de rotores contrarrotativos y patentado en Europa, en 1920, su denominado “helicóptero racional”. Sus trabajos fueron decisivos para el desarrollo mundial del vuelo vertical.
El mérito extraordinario de Cicaré fue diferente: sin formación universitaria, sin una industria aeronáutica que lo respaldara y utilizando herramientas construidas por él mismo, consiguió fabricar una aeronave funcional en un pequeño taller rural de Polvaredas, partido bonaerense de Saladillo.

Cicaré nació el 25 de mayo de 1937. Sólo completó la escuela primaria, pero desde niño exhibió una capacidad técnica excepcional. A los 11 años construyó un motor de cuatro tiempos; a los 14 fabricó un motor diésel de dos tiempos para alimentar su taller y su vivienda, y poco después desarrolló motores, cajas de velocidad y distintas máquinas para suplir las herramientas industriales que no podía comprar.
A los 21 años terminó el CH-1, construido con materiales que estaban a su alcance, entre ellos caños procedentes de camas y elementos reutilizados de instalaciones eléctricas y maquinarias agrícolas. Incluso el motor bóxer de cuatro cilindros fue diseñado y fabricado por el propio inventor.
El prototipo comenzó a tomar forma hacia 1958 y realizó sus primeras experiencias de vuelo a comienzos de la década de 1960. Cicaré no sólo había construido el aparato sin manuales especializados: también debió aprender a pilotarlo sin haber recibido instrucción previa como aviador.
El talento que reemplazó a la infraestructura
La dimensión del logro surge al comparar sus condiciones de trabajo con las exigencias de la industria aeronáutica. Un helicóptero requiere resolver complejos problemas de sustentación, transmisión, vibraciones, estabilidad, control del paso de las palas y relación entre peso y potencia.
Cicaré resolvió buena parte de esos desafíos mediante observación, intuición mecánica, ensayo y error. No contaba con computadoras, túneles de viento, laboratorios especializados ni equipos numerosos de ingenieros. Su capital era una inteligencia práctica excepcional y la experiencia acumulada en su taller.
Los vecinos de Polvaredas colaboraron con dinero, materiales y mano de obra para impulsar sus primeros proyectos. Posteriormente apareció el apoyo de la Fuerza Aérea Argentina, que participó en el desarrollo del CH-2, cuyo primer vuelo se produjo en 1964.
Sin embargo, ese acompañamiento estatal fue discontinuo. Hubo convenios, reconocimientos y proyectos conjuntos, pero faltó una política prolongada que transformara los prototipos en una línea estable de producción nacional.
En 1973, Cicaré firmó un contrato con la Fuerza Aérea y empresarios privados para diseñar el CH-3. El proyecto fue interrumpido por restricciones presupuestarias, aunque el inventor consiguió completar la aeronave mediante su propio esfuerzo. Esa secuencia —entusiasmo inicial, anuncio oficial, recursos limitados y posterior discontinuidad— se repetiría durante buena parte de su carrera.
Un desarrollo nacional que no llegó a convertirse en política de Estado
A lo largo de seis décadas, Cicaré diseñó helicópteros livianos, sistemas de control, motores, reductores y simuladores de vuelo. Su SVH-3, un entrenador cautivo para pilotos de helicópteros, fue patentado en la Argentina y Estados Unidos y recibió reconocimiento internacional.
También desarrolló el CH-6, el CH-7, el CH-8 y diferentes modelos ultralivianos que fueron exhibidos y comercializados en mercados extranjeros. La empresa familiar creada en Saladillo consiguió exportar equipos y mantener presencia en países de América, Europa, Asia, Oceanía y Medio Oriente.
Uno de los proyectos más ambiciosos fue el CH-14 Aguilucho, desarrollado junto con el Ejército Argentino como helicóptero de entrenamiento y reconocimiento. Fue la primera aeronave de este tipo propulsada por turbina desarrollada en América Latina y realizó vuelos de prueba durante la década de 2000.
El programa tampoco desembocó en una producción en serie sostenida. La Argentina continuó comprando helicópteros y repuestos en el exterior mientras un diseñador reconocido internacionalmente debía sostener sus desarrollos mediante una estructura empresarial pequeña y recursos limitados.
No se trató únicamente de falta de dinero. El principal obstáculo fue la ausencia de continuidad. La fabricación aeronáutica requiere planes de diez, veinte o treinta años, compras estatales previsibles, certificaciones, proveedores locales y una estrategia exportadora. Cada cambio de gobierno, prioridad presupuestaria o conducción militar podía interrumpir programas que habían demandado años de investigación.
Cicaré recibió premios, diplomas, homenajes y declaraciones legislativas. Fue reconocido como ciudadano ilustre y obtuvo una matrícula honoraria de ingeniero aeronáutico y espacial. Pero los reconocimientos llegaron con mayor facilidad que las órdenes de producción.
Murió el 26 de enero de 2022, a los 84 años, dejando una empresa en funcionamiento, numerosos diseños patentados y una escuela técnica construida alrededor de su experiencia.
La historia del CH-1 no demuestra que la Argentina haya inventado el helicóptero. Demuestra algo quizá más incómodo: que el país produjo a un creador capaz de desarrollar tecnología aeronáutica avanzada desde un taller rural, pero nunca consiguió rodearlo de una política industrial y de defensa suficientemente estable.
Cicaré hizo despegar sus máquinas. La política argentina, en cambio, no logró que ese talento individual se transformara plenamente en una industria estratégica nacional.





